domingo, 18 de noviembre de 2012

El discurso de Martha C. Nussbaum
He oído el discurso de la filósofa estadounidense Martha C. Nussbaum con motivo de la entrega del premio Príncipe de Asturias de las ciencias sociales. Lo he leído luego con detenimiento en ABC, igualmente conmovido. Del mismo me han impresionado sumamente algunas reflexiones, entre las que destaco la siguiente: "necesitamos una educación bien fundada en las humanidades para realizar el potencial de las sociedades que luchan por la justicia". El gran éxito de la labor de esta autora estriba en la aplicación de la filosofía y las humanidades a conceptos tan dispares como la economía, las emociones o la vulnerabilidad humana, entre otros. Es una pena que la mayoría de sus libros no se hayan podido leer aún en español.
A juicio de la prolífica escritora, "la medida correcta del desarrollo se focaliza en las personas y ( ...) refleja el hecho de que la gente no lucha por la renta nacional, lucha por una vida con sentido para ellos mismos", lo que se anuda a un pensamiento que ha informado su aportación intelectual entera ("el crecimiento económico, medido por el PIB per cápita, no es suficiente para evaluar la calidad de vida nacional, ya que realmente no capta qué es lo que la gente está luchando por conseguir").
La conclusión que de todo ello extraigo me sitúa ante el gran drama que vive España en todos los órdenes, del que son exponente noticias que leo en el mismo ejemplar del periódico, pues este discurso se pronunciaba horas después de conocerse que Andalucía cuenta con casi un millón y medio de parados al tiempo que la Fiscalía sevillana investiga, al parecer, la desviación de un millón de euros por un sindicato en proyectos ciertamente deleznables.
Nada de esto es casual, como no lo es el resto de desgracias que nos asolan. Sin perjuicio de mis discrepancias con algunas medidas de nuestro ejecutivo, me ocurre con el Presidente del Gobierno lo que José Carlos de Luna decía del Piyayo: "A mí me da pena y me causa un respeto imponente". Se esfuerza con ahínco por remediar una abisal situación heredada; azuzado por todos a la vez, los directos gestores del desastre y otros aprovechados asimilados y por sus propios votantes, que no entienden del todo justificado el extraordinario sacrificio que se les impone.
Esta crisis global arranca mucho tiempo atrás cuando el relativismo informó la vida española entera, se destrozó el concepto de familia, de religión, de valores y se diseñó una educación perversa, proscriptora de las señas de identidad de nuestra cultura, nada exigente en materias esenciales para la formación integral del individuo y alentadora de conductas de nula exigencia de esfuerzo personal o colectivo y que derivó en la instalación de la mayoría en una cómoda vida vegetativa, plena de exigencias ajenas, mas ayuna de daciones propias. Situarse en una burbuja nihilista, en la que todo está permitido, en la que nada es malo ni bueno, vivir sin pauta alguna de exigencia, han hecho que la sociedad española se haya despeñado hacia una sima sin fondo, que será poco menos que imposible superar.
Decía Concepción Arenal que "la sociedad paga muy caro el abandono en que deja a sus hijos, como todos los padres que no educan a los suyos". No escandalizo a nadie, estoy seguro, al afirmar que en nuestro país se ha perdido la educación. Y no me refiero solo al hecho reprobable de que algunas comunidades autónomas impongan planes de estudios sectarios, excluyentes de la historia y cultura del resto de España, a la que presentan como verdadera enemiga de su identidad y de su progreso de todo orden, siendo así que esas situaciones han sido generadas por la propia gestión, el despilfarro y la corrupción de sus dirigentes, muchos de los cuales se han hecho verdaderos protagonistas de los pasillos de las dependencias judiciales por ese afán desmesurado, en desafortunada expresión de un servidor público, de "trincar" lo que a otros correspondía. Ese refrito de normas educacionales nos ha situado, como en tantas otras realidades, a la cola de Europa y nos ha llevado a integrarnos en el pelotón de los torpes, según todas las encuestas, que muy a las claras ponen de manifiesto el estruendoso fracaso escolar logrado.
Pienso preferentemente en esa educación básica que posibilita una convivencia ordenada, donde se respete al resto de las personas por el hecho de serlo y se observen normas de interrelación personal, que van desde considerar aquellas reglas de urbanidad que en tiempos se enseñaban, hoy tan olvidadas, a lograr que cada individuo sea capaz de construirse una escala de valores, la que sea, y vivir responsablemente ese dictado como un código de comportamiento personal asentado en su esfuerzo por su propia formación, su ideología, su religión o sus convicciones. Lo digo desde el convencimiento de que de este sencillo abandono arranca gran parte de nuestros males. También los económicos. En la educación, al menos, los momentos que se han sucedido no han sido siempre mejores que los anteriores y, como quiera que la educación, los planes que la articulan, dependen de las voluntades de políticos, muchos de ellos iletrados, estoy plenamente de acuerdo con el pensamiento de Gustave Le Bon de que "el verdadero progreso democrático no consiste en rebajar la élite al nivel de la plebe, sino elevar la plebe a la élite".
Por eso me han impresionado tanto las reflexiones de la Sra. Nussbaum, que con su delicado discurso ha venido a evidenciar claramente que la sociedad necesita algo más que pensar en el PIB. No puede el individuo aspirar a lograr la libertad sin educación. Sólo desde el conocimiento puede ejercitarse una opción libre entre caminos; sólo una sólida cultura podrá defender al individuo de perniciosas ingerencias interesadas.
Gandhi dejó escrito que los siete pecados sociales son la política sin principios, la economía sin moral, el bienestar sin trabajo, la educación sin carácter, la ciencia sin humanidad, el goce sin conciencia y el culto sin sacrificio. Todos ellos nos incumben.

 
Antonio Moreno Andrade.
Magistrado.
Publicado en ABC de Sevilla el 18.11.2012