Breve discurso
Asisto encantado a este acto constitutivo de Guadaliuris, cuya naturaleza y fines acabo de conocer en palabras de los ideólogos que lo propugnan. Vengo contratado en virtud de sustitución, situación muy frecuente cuando la temporada taurina comienza a declinar, pues el diestro titular, don Guillermo Jiménez Sánchez ha presentado el preceptivo certificado médico. Lo hago por ello doblemente complacido, aunque la circunstancia nos priva a todos de la presencia y la palabra de un maestro auténtico y un amigo cabal.
Siempre he dicho que los verdaderos enjuiciadores de los jueces son los abogados. Es por ello que cuando Giner de los Ríos hablaba de la Administración de Justicia y decía que de ella debía huir cualquier hombre sensato, no sólo se refería a los jueces sino también a sus más directos colaboradores y censores, los letrados.
Las encuestas hablan del desprestigio de la Justicia, y entendiendo necesariamente esta conjunción juez-abogado, me acuerdo siempre de las Ordenanzas de Bilbao, de 1737, en las que se decía que las cuestiones de comercio se resolverán al "estilo de mercaderes", proscribiendo la presentación de " escriptos i libelos de letrados, que hacen los pleitos inmortales en gran daño i perjuicio de la mercadería". Lo traigo a colación para enfatizar la gran familia que todos constituimos ya que, como decía Santos Disépolo, con algo de vulgaridad en su expresión mas con acierto indudable, "vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos" (Léase Cambalache, tango musicado por mi admirado Joan Manuel Serrat en 1984).
Hace casi cuarenta años que transito la vida enrolado en esta singladura de procurar administrar justicia. Comencé en un juzgado de aquellos que en tiempo se denominaron "de entrada". Procurábamos allí una justicia cálida, artesanal, en equipo. Allí conocí insignes letrados sevillanos, muchos de ellos desaparecidos y de todos aprendí la nobleza de una profesión imprescindible para la sociedad. Este concepto de Justicia ha ido evolucionando por derroteros que no siempre han mejorado cuanto había. Hoy nos vemos menos, conversamos menos, nos amigamos menos, lo que ha contribuido a configuraren nuestro ámbito un automatismo frío y excesivamente formalista, privando a nuestra relación de humanidad y cercanía personal, a cambio de ofrecernos una vertiginosa comunicación a través de autopistas virtuales no siempre fieles..
Es por eso que me congratula que los abogados, colectivamente agrupados, se unan en defensa de intereses legítimos, siempre que sus anhelos, logros y manifestaciones lo sean con lealtad a la Jurisdicción y a la institución colegial. No me cabe duda de que así se ha concebido este proyecto. La defensa de señas de identidad y rigor profesional nos sitúa ante metas de excelencia y ejemplaridad de las que nuestra sociedad se halla francamente necesitada.
Llevo 8 años en la Sala de Gobierno del TSJ. Una de las atenciones frecuentes que allí consideramos se refiere a expedientes sancionadores a letrados y, en menor número, a jueces. Reflejan situaciones de absurdo desencuentro, de impostura a veces, de falta de tolerancia y de educación en todo caso. Nadie asume con corrección su estricto rol en el proceso, ni el juez ni el abogado y convertimos nuestra relación en un permanente y perverso pugilato, que nada ayuda a la causa de la Justicia ni de la relación interpersonal entre compañeros.
Invito por ello a estas agrupaciones de abogados a que luchen por ese mutuo respeto institucional, divulgando las esencialidades de nuestras profesiones y la proscripción de sentirnos distintos cuando a todos nos une un objetivo final excelso y subyugante, como es el logro de la Justicia. Créanme que es ello posible y me tienen a su disposición para esa tarea. Así le llevaremos entre todos la contraria a mi admirado Azorín, cuando decía: La Justicia, la Justicia pura, limpia de egoísmos, es una cosa tan rara, tan espléndida, tan divina, que cuando un átomo de ella desciende sobre el mundo, los hombres se llenan de asombro y se alborotan.
Me siento en este Colegio siempre como en mi casa, no soy nunca un extraño ni equivoco mis pasos cuantas veces me acerco a su sede. Me precio de ser letrado, amigo de letrados y padre de letrados. Me siento con ustedes orgulloso de la noble profesión que ejercen y les deseo en esta aventura todo tipo de éxitos.
Es preciso que sientan la satisfacción de cuanto hacen con dignidad y entrega en la defensa de intereses merecedores de protección. Sientan profunda, íntimamente la la bondad de cuanto procuran.
Nuestro gran krausista Joaquín Costa decía malévolamente que siendo abogado en España, se puede ser de todo, hasta Reina Madre.
Pues que así sea. Muchas graciasPronunciado en el Colegio de Abogados de Sevilla el 26 de octubre de 2012, con motivo de la presentación de la asociación Guadaliuris Abogados.
sábado, 27 de octubre de 2012
jueves, 18 de octubre de 2012
La violencia nuestra
Escribí este artículo no sé cuándo y se publicó en ABC de Sevilla sin que recuerde la fecha.
Parecen esperarnos cada día noticias que nos llenan de desazón y tristeza. Asistimos ahora sobrecogidos a la secuencia de la crónica alienante del crimen de una joven sevillana perpetrado, al parecer, por unos jóvenes depravados, cuya conducta nos espanta por su propia acción y sus potencialidades. Ante estas agresiones la sociedad queda estupefacta, sin respuestas, buscando inútilmente explicaciones que se nos niegan. ¿Qué está ocurriendo?
Permítaseme al respecto una reflexión personal sobre la raíz verdadera del problema, pues si cabe admitirse que el fenómeno de la violencia es tan antiguo como la propia existencia humana, debemos igualmente aceptar que nunca se ha manifestado como ahora, en estos tiempos pomposamente denominados de progreso, en el que acaso debamos encontrar también las razones de esta lacra social y de su espiral inacabable.
Hemos de preguntarnos, con carácter prioritario, si es el hombre un ser que nace poseedor de una larvada perversidad, capaz de desplegar sus efectos en cualquier momento de su vida o, por el contrario, debemos entender que nacemos hermanados por sentimientos de bondad, que el tránsito de la vida se encarga de potenciar o deteriorar, dependiendo de factores ajenos a la propia personalidad.
En el mundo de la Filosofía del Derecho, dos teorías se han contrapuesto al respecto históricamente, sin que aún los autores hayan podido resolver sus antinómicas conclusiones. El inglés Thomas Hobbes, autor del polémico "Leviatán", proclamaba en el siglo XVI el conocido aforismo "homo hominis lupus", el hombre es un lobo para el hombre, consecuencia de la inclinación general de la humanidad hacia un perpetuo e incesante afán de poder. Frente a esta teoría, el suizo Jean Jacques Rousseau opuso la del optimismo antropológico, publicando en 1762 "El contrato social", donde mantenía la capacidad de la voluntad soberana de los pueblos, capaces de llegar, mediante acuerdos conciliatorios, a marcarse normas convivenciales. La ley no es entonces una imposición sino consecuencia de la bondad y sociabilidad innatas en el hombre.
Sobre estas premisas ha transitado la vida de la humanidad desde sus comienzos. Nuestras lejanas enseñanzas nos sobrecogían con el primer crimen de su historia, aquel brutal asesinato fraternal de Caín a Abel. Progresivamente, hemos venido asistiendo, con mayor frecuencia cada vez, a acciones que nos han parecido imposibles en su maldad de anidar en el alma humana. Esta violencia se ha extendido como una hiedra por el mundo entero y sus manifestaciones se multiplican imparables en cantidad y perversidad.
Nos hemos encontrado súbitamente con que, contra todo deseo, la violencia se ha instalado en nuestra vida como el principal problema de nuestra convivencia, tradicionalmente azotada por dos agresiones ya añejas, la proveniente de los hábitos toxicómanos y el terrorismo. En el ámbito escolar, el problema, denominado "bullying" (del término inglés bull, matón) es auténticamente pavoroso y quienes imparten la enseñanza se ven despreciados, impunemente insultados cuando no agredidos por su alumnos y sus progenitores. Entre los propios compañeros se ha llegado a situaciones de violencia verdaderamente aberrantes, generadoras incluso de suicidios.
La mal llamada violencia de género ha motivado la publicación de una Ley Orgánica, de 20 de diciembre de 2004, que ha sido un instrumento sin duda inútil contra la violencia doméstica y familiar, que continúa incesante y creciente, cuando no motivo de su incremento por su tratamiento discriminatorio y sectario. El mundo del trabajo, la conducción de vehículos, cualquier manifestación deportiva o meramente convivencial, se nos presentan gravitadas constantemente por el riesgo de una violencia tan estúpida como cruel, injustificada, imprevisible, irrazonable e inmotivada siempre.
Pienso que la culpa es de todos y, esencialmente, consecuencia de una actitud social radicalmente relativista, la imposición de la aceptación del "todo da igual", que ha hecho tabla rasa con todo cuanto suene a escala de valores desde una idea equivocada del concepto de igualdad, que pretende la igualación desde abajo. La calamitosa política educativa, la proscripción sistemática de la verdadera educación, la apostasía del principio de autoridad y de las normas de convivencia nos han conducido a un clima de degradación colectiva, que por comodidad hemos aceptado y que nos ha llevado a vivir en la inseguridad, en la desconfianza y en el más absoluto desamor.
Es sin duda la incultura el obstáculo máximo de la libertad y ésta encuentra su razón en la articulación de una estable convivencia, basada en la hermosa regla que encontramos en el apartado primero del artículo 10 de la Constitución: "... el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social". Sin cultura resulta inconcebible un mundo de valores.
Se antoja impensable que hoy se acepten por las propias familias la necesidad y disciplina de la formación auténtica de los jóvenes, posibilitar a éstos un conocimiento sólido para optar en libertad entre caminos, para abordar la construcción de un proyecto de vida conforme al fortalecimiento del criterio personal. Los abandonamos indiferentes en el tumulto y la mezcolanza del grupo, sometidos a comportamientos miméticos, irreflexivos, sin exigencias, sin aspiraciones mínimamente nobles, olvidando aquella sabia reflexión del periodista americano Hodding Carter: "solo dos cosas podemos aspirar a dejar a nuestros hijos; una, raíces; otra, alas".
Personalmente estoy convencido de que el violento no se reprime por la amenaza de la ley. Eso resulta manifiesto en el plano de la violencia doméstica, en que cada vez se da más por mucho que se agraven las penas, y es lo cierto que los poderes públicos no pueden limitarse a establecer sanciones sino actuar consecuentemente en la certeza de que, como ante toda conducta agresiva, merece un análisis profundo de las causas y, desde ahí, actuar con políticas de prevención verdadera, de educación no partidarias. No puede olvidarse que todo delincuente actúa voluntariamente, sin un excesivo sentido de su culpabilidad y, en la mayoría de los casos, aceptando deliberadamente las consecuencias, cuando no imponiéndose a sí mismo de forma alienada el máximo castigo.
Falta, en suma, lo más esencial a mi juicio, una cuestión que requiere no poco tiempo y, sobre todo, una voluntad decidida: educar en valores. Y eso se me antoja complicado a medio plazo. La solución, si nos aprestamos todos, vendrá cuando tomemos conciencia del abismo en que hemos situado a la sociedad por la indiferencia ante las conductas agresivas de todo tipo y el imperio del nihilismo y el hedonismo como fundamento de la convivencia.
Como decía Gustave Le Bon, "el verdadero progreso democrático no consiste en rebajar la élite al nivel de la plebe, sino elevar la plebe a la élite".
Antonio Moreno Andrade
martes, 16 de octubre de 2012
Laicos en el mundo de la Fe
Discurso prnunciado en la Iglesia de San Jorge,
de la Hermandad de la Santa Caridad,
con motivo de la presentación por el Sr. Arzobispo de Sevilla
del Libro "Los laicos ante la Nueva Evangelización.
16 de octubre de 2012.
Excmo. y Rvdo. Sr. Arzobispo, señoras y señores:
Quiero expresar mi gratitud por esta llamada de nuestro pastor, que me permite dirigirme a ustedes en nombre de quienes han contribuido a la formación de este documento que hoy se presenta. Para mi constituyó un honor formar parte de su selecto elenco, como ahora compartir mi reflexión con todos ustedes en esta maravillosa iglesia de San Jorge.
El pasado viernes, Su Santidad Benedicto XVI inauguraba en la Plaza de San Pedro El Año de la Fe. Con motivo de tan trascendente acontecimiento, emplazó a los cristianos a que la difusión de la Nueva Evangelización se apoye esencialmente en los documentos del Concilio Vaticano II, cuando se cumplen cincuenta años de su celebración. El mensaje podría sintetizarse en su certera metáfora de un viaje; el viajero sabio es el que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos. Al afirmar que el Año de la fe constituye una peregrinación por los desiertos espirituales del mundo contemporáneo, nos está invitando a salir a proclamar la Fe como el más preciado instrumento de nuestra religiosidad, de esa Nueva Evangelización que Juan Pablo II reclamó por vez primera en su viaje a Puerto Príncipe y que ha sido el concepto adoptado por su sucesor como el más eficaz instrumento de la expansión del Evangelio, mediante este momento de inicio de un viaje expansivo del amor a Cristo.
Para ello, el cristiano debe vivir en el mundo con una plena integración, nunca con la sensación de que está incardinado en un tiempo equivocado, sino teniendo bien situados los pies en el suelo pues sólo así podrá conocer la verdadera entidad de la realidad en que se mueve, cuestión capital para actuar en consecuencia.
Pues bien, debemos decir sin demora que nos hallamos en uno de los momentos más críticos del respeto a nuestra religión. Asistimos horrorizados a verdaderas persecuciones de cristianos en tierras lejanas, las más de las veces auspiciadas por la influencia de otras religiones, a las que siempre el cristianismo respetó.
Esta actitud de negación de los valores religiosos ha arraigado también en la vieja Europa, talismán de la cultura y la tradición católicas. Una sociedad enferma cuando sus leyes la conducen a la incultura y al exterminio de su axiología . Este es el estado actual de nuestro país, en que la incultura se ha adueñado de una gran mayoría de los españoles, insertos en un magma de mediocridad que impide incluso el ejercicio de la libertad del individuo, al carecer por completo de formación. Sin ésta, la libertad es imposible.
El mundo todo parece abjurar de cualquier forma de religión que no venga impuesta por un inquietante y amenazador fundamentalismo, aunque a veces pretenda presentarse velado por un manto de evanescente idealismo. Y de todas, sin la más mínima duda, ha sido el cristianismo su gran víctima. Aceptamos como expresión de modernidad cualquier actitud contraria a la idea misma de religión, ajena siquiera al planteamiento de la necesidad de ésta para el hombre, de forma cada vez más acuciante y dramática. Se pretende que vivamos todos sin religión, sin Dios, sin responsabilidad ni sentido de la trascendencia.
Para algunos relativistas, el cristianismo se ha considerado interesadamente una forma de fundamentalismo trasnochado, equiparado a otras confesiones bien alejadas de aquél.
Analizado someramente el panorama del mundo en que vivimos, la Iglesia nos encara con la necesidad de una Nueva Evangelización. La exigencia de Su Santidad es en este punto muy clara: "la Iglesia evangeliza siempre ... no obstante, observamos un proceso progresivo de descristianización y de pérdida de los valores humanos esenciales ... por esto buscamos, más allá de la evangelización permanente, que jamás ha sido interrumpida y que jamás debe interrumpirse, una nueva evangelización, capaz de hacerse escuchar por aquel mundo que no encuentra acceso a la "evangelización clásica".
A juicio del Papa, debe huirse del peligro de la impaciencia; el método de Dios está reflejado en la parábola del grano de mostaza. La Nueva Evangelización debe actuar con la humildad del pequeño grano de mostaza, dejando a Dios el cuándo y el cómo crecerá. Las grandes realidades comienzan con humildad.
La metodología es clara para el Santo Padre: servir bien a las personas y a la humanidad dando espacio a Aquél que es la Vida, lo que supone una expropiación del propio yo. La evangelización no es una manera de hablar sino una forma de vivir. Siguiendo su exposición, actualmente se incide en la tentación de reducir a Jesucristo, el Hijo de Dios, sólo a un Jesús histórico, a un hombre puro. Sin negar su divinidad, se reduce su figura a un Jesús a nuestra medida, posible y comprensible en el marco de nuestra historiografía. Cristo se ofrece como camino de vida y sería anacrónico, imposible, una imitación plena de Cristo; la apuesta consiste en lograr asimilarse a Él en lo posible para llegar a la unión con Dios.
En nuestro país se ha producido, sin duda, como si de un corolario de la implantación del estado de Derecho se tratara, una huida de la religión y la militancia en posturas, si no de ateísmo o agnosticismo, sí de una desconexión total con la religión católica, reducida en su participación a puntuales acontecimientos cultuales o sociales. Como para muchas personas, el concepto de ética se identificaba con religión, su alejamiento de ésta les ha facilitado el falso y cómodo convencimiento de que podían prescindir de la moral en sus comportamientos y compromisos. Ello explica, en parte, el pernicioso espectáculo al que asistimos en nuestra sociedad, el hedonismo imperante, la sexualidad manejada como expresión del consumismo, la abolición de una mínima escala de valores personal, la dinamización de la familia y la ausencia de pautas de comportamiento y crítica.
Pero es claro que algo debemos hacer y de forma inminente. No resulta aventurado afirmar que la obligación primera del laico la constituye su propia formación cristiana e integral, permanente, incesante, para así poder transmitir a los demás su visión del compromiso cristiano y su idea de santificación a través de la consecución de los fines de la misma.
Es sumamente importante la convicción de que en ese ámbito de entrega, nuestro modelo sea siempre Jesucristo. Estar cerca de Cristo y del hermano, estar en medio de ambos. El compromiso que asumimos nos lleva a presentar permanentemente la imagen de Dios a nuestros hermanos, llevar siempre el ejemplo de vida de Cristo a las relaciones humanas más elementales, sociales y familiares. Transmitir nuestra experiencia de Dios, "respirar a Dios".
La creación de ese ansiado clima de fraternidad pasa por un constante servicio tolerante, basado en la comprensión y el respeto a posturas no compartidas, para que la reflexión común nos sitúe ante metas de auténtica realización cristiana. Para ello, necesitamos llenarnos de Dios, para poder darlo y compartirlo con nuestros hermanos.
Es sin duda difícil, y consecuente al compromiso cristiano, la aceptación, el respeto por las doctrinas que son distantes de nuestra cultura cristiana. Ese permanente ejemplo de universalidad, de acercamiento a que nos requería Juan Pablo II y que tan claramente nos pudo de manifiesto Benedicto XVI en su reciente viaje al Líbano.
Aquí radica la verdadera raíz de la caridad, aquí comienza la aceptación de la igualdad que nos transmitiera Jesús en la cruz a través de aquel bello mandamiento que nos hermanaba totalmente en Dios bajo la maternidad de la Virgen.
Todo depende de Dios. Yo sé que me pongo en sus manos para actuar y que todos sus caminos pasan por el hombre, por mi hermano. Sé que yo puedo traicionarlo una y mil veces, volverle la espalda, pero sé también que Él no lo hará nunca, que su perdón y su consuelo siempre me estarán esperando pacientes. Por eso confío en Él, tengo confianza en Dios y sé que nunca me va a fallar.
Porque es la fe la razón de cuanto hacemos, de lo que vivimos y por lo que luchamos. El motor del culto público y de la caridad no es otro sino la fe, la confianza en la promesa de Dios, la seguridad en su palabra, la identidad con Dios. El culto que protagonizamos no es sino expresión de esa fe. Ahí nace nuestra capacidad evangelizadora, que alimenta e informa toda nuestra actividad. Una fe que hay que buscar siempre, amargamente a veces, como Unamuno nos describe en "La agonía del cristianismo".
Pero es imprescindible dotarnos de ese permanente estado de misión, al que se refería Juan Pablo II cuando hablaba del Adviento de la Preparación. Ese indeclinable posicionamiento frente al pecado con nuestro ejemplo de vida cristiana. Debemos proscribir nuestros miedos, mostrarnos como seguidores de Cristo, preservarnos de los constantes oleajes que nos acechan y proclamar la bondad de nuestra religión.
Pablo VI nos exhortaba a vivir el Evangelio en la familia, en el trabajo, en nuestra vida cotidiana ... y esa actitud vivencial debe ser una constante en nuestra vida. Ese compromiso debe llevarse a todos los momentos de nuestra vida, al ocio, a la diversión y a todas las manifestaciones de nuestras actividades ordinarias.
Cada vez más, se nos exige el ejercicio de la caridad. Hoy más que nunca, los problemas que asolan al mundo se nos presentan como más acuciantes cada vez. El paro desbordado, la el hambre tan cercana, la soledad del ser humano, la guerra como denominador común de los cuatro continentes ante la indiferencia del resto del mundo... nos suscitan un panorama cada vez más desconcertante, al que se une la droga que asola a nuestros jóvenes, el SIDA que avanza sin posibilidad de freno, la desesperación del hombre moderno. Todo esto nos llena de compromiso sincero, tremendamente duro pero inevitable.
El fenómeno de la descristianización cierta, que llena al hombre de soledades en la inmensidad de las ciudades, la desorientación profesional y laboral de nuestra juventud, la falta de valores de nuestra sociedad y el abandono de los poderes públicos ante estas realidades, constituyen para nosotros una llamada, que se hace más comprometedora para quienes desempeñan puestos de responsabilidad en la sociedad. Porque hay que requerir a nuestros hermanos a compartir también estas necesidades, porque hoy más que nunca debemos hacer participar a todos los hombres de nuestros dones.
Una de las asignaturas pendientes de nuestro Occidente es la sinceridad del planteamiento de la solidaridad humana, basada en la igualdad sustancial de los hombres. El fenómeno se me antoja angustioso. Mientras no nos convenzamos de que todos los hombres son iguales, que no nos distingue nada, no entenderemos en verdad el auténtico mandato de evangelización. Pienso constantemente, aquí en esta querida casa de la Santa Caridad, en las palabras de Don Miguel Mañara: "Ah. Justicia de Dios, cómo igualas en la muerte la desigualdad de la vida!
El amor, si aceptamos que en su mágica dimensión humana supone la transposición del Amor de Dios, implica la aceptación en un plano de igualdad de otros semejantes, lo que resulta determinante de un concepto de la vida como una comunidad de personas iguales esencialmente. En esa aceptación de la igualdad absoluta de los hombres, encontramos no pocos obstáculos, que hoy, en esta época de enigmática globalización, aparecen como un contrasentido a las teorías filosóficas que defienden una igualdad entre todos en aras de valores lejanos al cristianismo.
El interminable interrogatorio al que Peter Seewald somete a Joseth Ratzinger, termina con una pregunta definitiva: "Y Dios, qué quiere exactamente de nosotros"?. El que luego fuera Benedicto XVI contesta con la precisión y claridad que caracteriza su doctrina: "Dios quiere que amemos, que seamos imagen y semejanza suya. Porque, como dice San Juan, Él es Amor, y quiere que sus criaturas se asemejen a Él, que, escogiendo libremente amar, sean como Él, y le pertenezcan, para que así resplandezca su Amor".
Vivimos, sin duda, una época difícil para la puesta en práctica de la doctrina de Cristo. Instituciones que han constituido el basamento de la cultura católica se hallan en franco entredicho y los cristianos, como la propia Iglesia en no pocos casos, manifestamos con timidez nuestras creencias, como si nos avergonzáramos de hacer públicas nuestras convicciones.
Sin quererlo, sin percibirlo apenas, nos vamos encapsulando en nosotros mismos, prescindimos de un comportamiento social, de interrelación personal y vivimos en la más absoluta plenitud el individualismo.
Aún sabiendo que nada es posible sin esa condición de individuos integrados en sociedad, procuramos vivir de espaldas a esa realidad, en los más de los casos, por una razón de confortable egoísmo. Parece que el "yo" deba defenderse a ultranza del "otro", que aparece siempre como una amenaza.
Tan sólo pronunciar "Año de la Fe" nos sitúa ante una difícil andadura. Necesaria, inaplazable, pero llena de espinas. No es algo que nos venga dado la fe, sino que exige una lucha constante, indelcinable para alcanzar esa meta a que nos encara la Nueva Evangelización. Ojalá produzca los frutos cuyo logro impulsa el Santo Padre. El pueblo de Dios en marcha, en ese viaje ilusionado por el desierto de la incredulidad en pos de la proclamación de nuestra alianza y de la realización feliz de la caridad entre hermanos.
Vivamos este tiempo ilusionante con esperanza. Seremos capaces de vencer. Con la vista puesta en nuestros jóvenes, procurando ofrecerles la más atractiva visión de nuestra llamada, posibilitando que se comprometan con la apuesta de Cristo, que encuentren en él un guardabrisas para su desesperanza y un estímulo para su lucha en esta sociedad hostil que a tantos hace naufragar.
Es preciso que aprendan a encontrar a Cristo, que aprendan a reencontrarlo, a recobrar su confianza en Dios como medio de llenar sus soledades, como instrumento de su realización personal, profesional y religiosa. A fin de cuentas, no podemos olvidar las palabras el pensador suizo Petit-Senn, "los hijos se convertirán para los padres, según la educación que reciban, en una recompensa o en un castigo". Y ellos resultan imprescindibles para continuar transmitiendo la validez y actualidad de la doctrina de la Iglesia, la necesidad de acometer esa Nueva Evangelización. Nuestro futuro está en sus manos y, como escribía el periodista americano Hodding Carter: "Solamente dos legados duraderos podemos aspirar a dejar a nuestros hijos: uno, raíces; otro, alas".
Discurso prnunciado en la Iglesia de San Jorge,
de la Hermandad de la Santa Caridad,
con motivo de la presentación por el Sr. Arzobispo de Sevilla
del Libro "Los laicos ante la Nueva Evangelización.
16 de octubre de 2012.
Excmo. y Rvdo. Sr. Arzobispo, señoras y señores:
Quiero expresar mi gratitud por esta llamada de nuestro pastor, que me permite dirigirme a ustedes en nombre de quienes han contribuido a la formación de este documento que hoy se presenta. Para mi constituyó un honor formar parte de su selecto elenco, como ahora compartir mi reflexión con todos ustedes en esta maravillosa iglesia de San Jorge.
El pasado viernes, Su Santidad Benedicto XVI inauguraba en la Plaza de San Pedro El Año de la Fe. Con motivo de tan trascendente acontecimiento, emplazó a los cristianos a que la difusión de la Nueva Evangelización se apoye esencialmente en los documentos del Concilio Vaticano II, cuando se cumplen cincuenta años de su celebración. El mensaje podría sintetizarse en su certera metáfora de un viaje; el viajero sabio es el que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos. Al afirmar que el Año de la fe constituye una peregrinación por los desiertos espirituales del mundo contemporáneo, nos está invitando a salir a proclamar la Fe como el más preciado instrumento de nuestra religiosidad, de esa Nueva Evangelización que Juan Pablo II reclamó por vez primera en su viaje a Puerto Príncipe y que ha sido el concepto adoptado por su sucesor como el más eficaz instrumento de la expansión del Evangelio, mediante este momento de inicio de un viaje expansivo del amor a Cristo.
Para ello, el cristiano debe vivir en el mundo con una plena integración, nunca con la sensación de que está incardinado en un tiempo equivocado, sino teniendo bien situados los pies en el suelo pues sólo así podrá conocer la verdadera entidad de la realidad en que se mueve, cuestión capital para actuar en consecuencia.
Pues bien, debemos decir sin demora que nos hallamos en uno de los momentos más críticos del respeto a nuestra religión. Asistimos horrorizados a verdaderas persecuciones de cristianos en tierras lejanas, las más de las veces auspiciadas por la influencia de otras religiones, a las que siempre el cristianismo respetó.
Esta actitud de negación de los valores religiosos ha arraigado también en la vieja Europa, talismán de la cultura y la tradición católicas. Una sociedad enferma cuando sus leyes la conducen a la incultura y al exterminio de su axiología . Este es el estado actual de nuestro país, en que la incultura se ha adueñado de una gran mayoría de los españoles, insertos en un magma de mediocridad que impide incluso el ejercicio de la libertad del individuo, al carecer por completo de formación. Sin ésta, la libertad es imposible.
El mundo todo parece abjurar de cualquier forma de religión que no venga impuesta por un inquietante y amenazador fundamentalismo, aunque a veces pretenda presentarse velado por un manto de evanescente idealismo. Y de todas, sin la más mínima duda, ha sido el cristianismo su gran víctima. Aceptamos como expresión de modernidad cualquier actitud contraria a la idea misma de religión, ajena siquiera al planteamiento de la necesidad de ésta para el hombre, de forma cada vez más acuciante y dramática. Se pretende que vivamos todos sin religión, sin Dios, sin responsabilidad ni sentido de la trascendencia.
Para algunos relativistas, el cristianismo se ha considerado interesadamente una forma de fundamentalismo trasnochado, equiparado a otras confesiones bien alejadas de aquél.
Analizado someramente el panorama del mundo en que vivimos, la Iglesia nos encara con la necesidad de una Nueva Evangelización. La exigencia de Su Santidad es en este punto muy clara: "la Iglesia evangeliza siempre ... no obstante, observamos un proceso progresivo de descristianización y de pérdida de los valores humanos esenciales ... por esto buscamos, más allá de la evangelización permanente, que jamás ha sido interrumpida y que jamás debe interrumpirse, una nueva evangelización, capaz de hacerse escuchar por aquel mundo que no encuentra acceso a la "evangelización clásica".
A juicio del Papa, debe huirse del peligro de la impaciencia; el método de Dios está reflejado en la parábola del grano de mostaza. La Nueva Evangelización debe actuar con la humildad del pequeño grano de mostaza, dejando a Dios el cuándo y el cómo crecerá. Las grandes realidades comienzan con humildad.
La metodología es clara para el Santo Padre: servir bien a las personas y a la humanidad dando espacio a Aquél que es la Vida, lo que supone una expropiación del propio yo. La evangelización no es una manera de hablar sino una forma de vivir. Siguiendo su exposición, actualmente se incide en la tentación de reducir a Jesucristo, el Hijo de Dios, sólo a un Jesús histórico, a un hombre puro. Sin negar su divinidad, se reduce su figura a un Jesús a nuestra medida, posible y comprensible en el marco de nuestra historiografía. Cristo se ofrece como camino de vida y sería anacrónico, imposible, una imitación plena de Cristo; la apuesta consiste en lograr asimilarse a Él en lo posible para llegar a la unión con Dios.
En nuestro país se ha producido, sin duda, como si de un corolario de la implantación del estado de Derecho se tratara, una huida de la religión y la militancia en posturas, si no de ateísmo o agnosticismo, sí de una desconexión total con la religión católica, reducida en su participación a puntuales acontecimientos cultuales o sociales. Como para muchas personas, el concepto de ética se identificaba con religión, su alejamiento de ésta les ha facilitado el falso y cómodo convencimiento de que podían prescindir de la moral en sus comportamientos y compromisos. Ello explica, en parte, el pernicioso espectáculo al que asistimos en nuestra sociedad, el hedonismo imperante, la sexualidad manejada como expresión del consumismo, la abolición de una mínima escala de valores personal, la dinamización de la familia y la ausencia de pautas de comportamiento y crítica.
Pero es claro que algo debemos hacer y de forma inminente. No resulta aventurado afirmar que la obligación primera del laico la constituye su propia formación cristiana e integral, permanente, incesante, para así poder transmitir a los demás su visión del compromiso cristiano y su idea de santificación a través de la consecución de los fines de la misma.
Es sumamente importante la convicción de que en ese ámbito de entrega, nuestro modelo sea siempre Jesucristo. Estar cerca de Cristo y del hermano, estar en medio de ambos. El compromiso que asumimos nos lleva a presentar permanentemente la imagen de Dios a nuestros hermanos, llevar siempre el ejemplo de vida de Cristo a las relaciones humanas más elementales, sociales y familiares. Transmitir nuestra experiencia de Dios, "respirar a Dios".
La creación de ese ansiado clima de fraternidad pasa por un constante servicio tolerante, basado en la comprensión y el respeto a posturas no compartidas, para que la reflexión común nos sitúe ante metas de auténtica realización cristiana. Para ello, necesitamos llenarnos de Dios, para poder darlo y compartirlo con nuestros hermanos.
Es sin duda difícil, y consecuente al compromiso cristiano, la aceptación, el respeto por las doctrinas que son distantes de nuestra cultura cristiana. Ese permanente ejemplo de universalidad, de acercamiento a que nos requería Juan Pablo II y que tan claramente nos pudo de manifiesto Benedicto XVI en su reciente viaje al Líbano.
Aquí radica la verdadera raíz de la caridad, aquí comienza la aceptación de la igualdad que nos transmitiera Jesús en la cruz a través de aquel bello mandamiento que nos hermanaba totalmente en Dios bajo la maternidad de la Virgen.
Todo depende de Dios. Yo sé que me pongo en sus manos para actuar y que todos sus caminos pasan por el hombre, por mi hermano. Sé que yo puedo traicionarlo una y mil veces, volverle la espalda, pero sé también que Él no lo hará nunca, que su perdón y su consuelo siempre me estarán esperando pacientes. Por eso confío en Él, tengo confianza en Dios y sé que nunca me va a fallar.
Porque es la fe la razón de cuanto hacemos, de lo que vivimos y por lo que luchamos. El motor del culto público y de la caridad no es otro sino la fe, la confianza en la promesa de Dios, la seguridad en su palabra, la identidad con Dios. El culto que protagonizamos no es sino expresión de esa fe. Ahí nace nuestra capacidad evangelizadora, que alimenta e informa toda nuestra actividad. Una fe que hay que buscar siempre, amargamente a veces, como Unamuno nos describe en "La agonía del cristianismo".
Pero es imprescindible dotarnos de ese permanente estado de misión, al que se refería Juan Pablo II cuando hablaba del Adviento de la Preparación. Ese indeclinable posicionamiento frente al pecado con nuestro ejemplo de vida cristiana. Debemos proscribir nuestros miedos, mostrarnos como seguidores de Cristo, preservarnos de los constantes oleajes que nos acechan y proclamar la bondad de nuestra religión.
Pablo VI nos exhortaba a vivir el Evangelio en la familia, en el trabajo, en nuestra vida cotidiana ... y esa actitud vivencial debe ser una constante en nuestra vida. Ese compromiso debe llevarse a todos los momentos de nuestra vida, al ocio, a la diversión y a todas las manifestaciones de nuestras actividades ordinarias.
Cada vez más, se nos exige el ejercicio de la caridad. Hoy más que nunca, los problemas que asolan al mundo se nos presentan como más acuciantes cada vez. El paro desbordado, la el hambre tan cercana, la soledad del ser humano, la guerra como denominador común de los cuatro continentes ante la indiferencia del resto del mundo... nos suscitan un panorama cada vez más desconcertante, al que se une la droga que asola a nuestros jóvenes, el SIDA que avanza sin posibilidad de freno, la desesperación del hombre moderno. Todo esto nos llena de compromiso sincero, tremendamente duro pero inevitable.
El fenómeno de la descristianización cierta, que llena al hombre de soledades en la inmensidad de las ciudades, la desorientación profesional y laboral de nuestra juventud, la falta de valores de nuestra sociedad y el abandono de los poderes públicos ante estas realidades, constituyen para nosotros una llamada, que se hace más comprometedora para quienes desempeñan puestos de responsabilidad en la sociedad. Porque hay que requerir a nuestros hermanos a compartir también estas necesidades, porque hoy más que nunca debemos hacer participar a todos los hombres de nuestros dones.
Una de las asignaturas pendientes de nuestro Occidente es la sinceridad del planteamiento de la solidaridad humana, basada en la igualdad sustancial de los hombres. El fenómeno se me antoja angustioso. Mientras no nos convenzamos de que todos los hombres son iguales, que no nos distingue nada, no entenderemos en verdad el auténtico mandato de evangelización. Pienso constantemente, aquí en esta querida casa de la Santa Caridad, en las palabras de Don Miguel Mañara: "Ah. Justicia de Dios, cómo igualas en la muerte la desigualdad de la vida!
El amor, si aceptamos que en su mágica dimensión humana supone la transposición del Amor de Dios, implica la aceptación en un plano de igualdad de otros semejantes, lo que resulta determinante de un concepto de la vida como una comunidad de personas iguales esencialmente. En esa aceptación de la igualdad absoluta de los hombres, encontramos no pocos obstáculos, que hoy, en esta época de enigmática globalización, aparecen como un contrasentido a las teorías filosóficas que defienden una igualdad entre todos en aras de valores lejanos al cristianismo.
El interminable interrogatorio al que Peter Seewald somete a Joseth Ratzinger, termina con una pregunta definitiva: "Y Dios, qué quiere exactamente de nosotros"?. El que luego fuera Benedicto XVI contesta con la precisión y claridad que caracteriza su doctrina: "Dios quiere que amemos, que seamos imagen y semejanza suya. Porque, como dice San Juan, Él es Amor, y quiere que sus criaturas se asemejen a Él, que, escogiendo libremente amar, sean como Él, y le pertenezcan, para que así resplandezca su Amor".
Vivimos, sin duda, una época difícil para la puesta en práctica de la doctrina de Cristo. Instituciones que han constituido el basamento de la cultura católica se hallan en franco entredicho y los cristianos, como la propia Iglesia en no pocos casos, manifestamos con timidez nuestras creencias, como si nos avergonzáramos de hacer públicas nuestras convicciones.
Sin quererlo, sin percibirlo apenas, nos vamos encapsulando en nosotros mismos, prescindimos de un comportamiento social, de interrelación personal y vivimos en la más absoluta plenitud el individualismo.
Aún sabiendo que nada es posible sin esa condición de individuos integrados en sociedad, procuramos vivir de espaldas a esa realidad, en los más de los casos, por una razón de confortable egoísmo. Parece que el "yo" deba defenderse a ultranza del "otro", que aparece siempre como una amenaza.
Tan sólo pronunciar "Año de la Fe" nos sitúa ante una difícil andadura. Necesaria, inaplazable, pero llena de espinas. No es algo que nos venga dado la fe, sino que exige una lucha constante, indelcinable para alcanzar esa meta a que nos encara la Nueva Evangelización. Ojalá produzca los frutos cuyo logro impulsa el Santo Padre. El pueblo de Dios en marcha, en ese viaje ilusionado por el desierto de la incredulidad en pos de la proclamación de nuestra alianza y de la realización feliz de la caridad entre hermanos.
Vivamos este tiempo ilusionante con esperanza. Seremos capaces de vencer. Con la vista puesta en nuestros jóvenes, procurando ofrecerles la más atractiva visión de nuestra llamada, posibilitando que se comprometan con la apuesta de Cristo, que encuentren en él un guardabrisas para su desesperanza y un estímulo para su lucha en esta sociedad hostil que a tantos hace naufragar.
Es preciso que aprendan a encontrar a Cristo, que aprendan a reencontrarlo, a recobrar su confianza en Dios como medio de llenar sus soledades, como instrumento de su realización personal, profesional y religiosa. A fin de cuentas, no podemos olvidar las palabras el pensador suizo Petit-Senn, "los hijos se convertirán para los padres, según la educación que reciban, en una recompensa o en un castigo". Y ellos resultan imprescindibles para continuar transmitiendo la validez y actualidad de la doctrina de la Iglesia, la necesidad de acometer esa Nueva Evangelización. Nuestro futuro está en sus manos y, como escribía el periodista americano Hodding Carter: "Solamente dos legados duraderos podemos aspirar a dejar a nuestros hijos: uno, raíces; otro, alas".
domingo, 7 de octubre de 2012
La enseñanza del Líbano
He sentido siempre una sincera curiosidad y cercanía por el llamado "País de los cedros", una pequeña franja de tierra de apenas 10.000 kilómetros cuadrados, que alberga una población que no sobrepasa los cinco millones de personas, en su mayoría musulmanes. Me impresionó siempre su sufrida andadura histórica, su difícil estabilidad política y los constantes vaivenes económicos del que en un tiempo no muy lejano fue llamado con rigor "la Suiza de Oriente". Me ha interesado sumamente la historia reciente, desde esa mezcla de admiración y prevención que siempre he sentido por los pueblos orientales, de una nación siempre confrontada con sus vecinos, los altivos israelitas y los convulsos sirios.
Para la civilización cristiana, Líbano tiene una significación trascendental. Se asienta en Galilea, la tierra de Jesucristo, donde desplegó básicamente su predicación; allí se hallan ciudades como Tiro y Sidón, Caná, en la que tuvo lugar el milagro de las bodas o Cesarea, el lugar donde Pedro proclamó su fe, donde se produjo el primer anuncio de la Pasión a los discípulos y donde se sitúa la Transfiguración.
En esta tierra santa se ha sucedido hace sólo unas semanas la visita última de Benedicto XVI. He seguido el acontecimiento por la televisión. Todos los actos, tan perfectamente diseñados e hilvanados, han cobrado una indiscutible trascendencia para el mundo entero. La reunión abierta mantenida por el Papa con jóvenes musulmanes y cristianos, su declaración a la prensa libanesa, que ha destacado la valentía de quien ha desoído tantas advertencias sobre el peligro que podía acecharle, y la firma de la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Medio Oriente. En ella destaca la defensa de los derechos fundamentales - "directamente exigidos por la dignidad de toda persona humana"-, la necesidad de desechar el concepto de tolerancia y dar paso con valentía a una verdadera libertad religiosa, la proscripción de los movimientos fundamentalistas y laicistas y la urgencia de abandonar toda tentación de proselitismo.
Para mí, sin duda, fue la celebración ecuménica con que culminó el viaje, el domingo 16 de septiembre, el acto que más me impresionó. Tuvo lugar en la inmensa explanada del puerto de Beirut, ante cientos de miles de personas de diversos credos. La interpretación del coro resultó ciertamente sublime, sobrecogedora a veces, con episodios de una dulzura y sutileza que me recordaban esas canciones, tan cercanas a las baladas, de Maya Nasri o de Yasmine Hamdam, que parecen expresar todos los sentimientos de dolor, ternura y esperanza que ha experimentado el pueblo libanés a través de los siglos. La música se erigió en parte de la propia liturgia, en instrumento para el recogimiento y el sentimiento de mismidad de los asistentes, oyendo las lecturas sagradas y participando de todos los momentos de la Santa Misa.
Allí se unieron, al rededor de la Eucaristía, el patriarca maronita de Bkerké, al que habían tratado de asesinar semanas antes, y otros líderes religiosos, jefes de las comunidades musulmanas suní, chií, drusa y alauí, que dieron al mundo un supremo ejemplo de ecumenismo, de amor y de hermandad entre hombres distantes y de universalista esfuerzo sin fisuras por la paz. Ante ellos afirmó el Papa que "hoy, las diferencias culturales, sociales, religiosas, deben llevar a vivir un tipo nuevo de fraternidad, donde lo que une es justamente el común sentido de la grandeza de toda persona, y el don que representa para ella misma, para los otros y para la humanidad".
Quisiera sustraerme al rico e inacabable contenido religioso de este acto; valorarlo simplemente como el logro de un Jefe de Estado junto a los máximos dirigentes de pueblos políticamente regidos por sus fidelidades religiosas lejanas a su magisterio. Extraer tan sólo ese ejemplo que los líderes de las más distintas creencias han esparcido al mundo, proclamando que el entendimiento entre los hombres es posible; que el respeto y la igualdad son elementos capaces de superar discrepancias del signo que sean cuando se hallan ante una situación extrema que afecta a todos los segmentos de la convivencia.
Pienso en España, en su situación de incierto futuro, con tantas aristas y frentes abiertos; donde cada partido político sigue su camino interesado, sin mostrar un mínimo respeto ni reconocimiento al adversario, sin ni siquiera plantearse la conveniencia de un esfuerzo común; donde algunos gobiernos autonómicos siguen dando muestras de gestiones irresponsables; donde los sindicatos llamados mayoritarios parecen a veces no tener otra misión que comprometer constantemente la paz social con el estéril y peligroso bullicio callejero y donde no pocos insensatos se aferran al deseo o a la resignación de que terroristas gobiernen sus destinos. Me duele este país que alberga el afán incomprensible de la disparatada separación de una de sus regiones, mientras se debilita sin remisión cercana, bajo el imperio de la incultura, la mediocridad y la insolidaridad sin la más mínima concesión.
Precisamente un libanés, premio Príncipe de Asturias, Amin Maaluf, hacía esta terrible reflexión hace un par de años: "Siento que hay una regresión moral en todas partes. Avanzamos hacia un mundo de conflicto, de amargura, de discriminación, de guerra, de sufrimiento...". Es obligación ineludible de todos corregir con urgencia esta deriva tan evidente como perversa que asola al mundo entero y a nuestra patria.
Ojalá seamos capaces de superar estos abismos entre los hombres, de posibilitar el entendimiento entre todos; ojalá nuestros dirigentes -como todos nosotros- entiendan el ejemplo de universalismo y de unión que acaban de darnos en Beirut y lo apliquen a nuestro ecosistema patrio, regenerando la vida política y social, serenando diferencias y trabajando todos, de verdad por una vez, por el bien común.
Antonio Moreno Andrade
Magistrado
Publicado en ABC el 7 de octubre de 2012
Y en el Blog el mismo día
sábado, 6 de octubre de 2012
Justicia y Lenguas
Siendo Juez de El Puerto tuve ocasión de comprobar lo útil que resulta el conocimiento de algunos idiomas en ciertas zonas de nuestra geografía. Eran frecuentes entonces los juicios penales contra marineros americanos, la mayoría de escasa entidad y referidos a veloces conducciones por las inmediaciones de Rota sin consideración alguna a tasas de alcoholemia, generalmente discrepantes con las que la Guardia Civil de Tráfico entendía como adecuadas.
Los juicios se celebraban gracias a un intérprete, colaborador habitual del juzgado, que cobraba poco y tarde. Recuerdo que una vez, ante la indisposición de éste, un amable licenciado se prestó a ayudarnos en la comprensión de un juicio por la conducción inestable de un fornido marine. Era apasionado el intérprete y mediaba en el debate con indisimulada parcialidad, creando en el auditorio la impresión de que queríamos condenar al americano a toda costa. A cada respuesta que el acusado daba a los togados, el intérprete le interrumpía, dirigiéndose a mí desaforado: " Qué mentira más gorda, Señoría!". Echaba yo de menos a nuestro intérprete habitual que nos permitía un juicio sereno de los procesos y, sobre todo, me reprochaba no haber sido aplicado en el estudio de los idiomas que me hubiera ahorrado tan inquietantes dependencias.
Comprendo la preocupación de nuestras autoridades porque los funcionarios judiciales andaluces sepan idiomas, incluso dialectos y lenguas autonómicas, al menos de forma que puedan realizar con agilidad y eficacia algunas diligencias donde intervengan extranjeros o sea imposible entender a un nacional despistadillo.
Leo con curiosidad que en las oposiciones para funcionarios de Justicia de nuestra tierra andaluza se están planteando valorar el conocimiento del catalán, el euskera y el gallego. Leo también con sorpresa que un sindicato defiende la cuestión con entusiasmo, pretendiendo que el conocimiento de esas lenguas autonómicas se valoren "igual que el bengalí o el finés". Es natural. Raro es el juzgado español que no recibe a cada momento alguna diligencia de otro de Finlandia o en el que no se tenga que tomar declaración a algún turista de Bangla Desh o Calcuta, de los que tanto se nutre el turismo andaluz ... con lo lejos que está y el hambre que hay en Calcuta.
Claro que también se aclara en la noticia que se puntuará positivamente, por encima del que sepa simplemente tramitar bien un procedimiento, al examinando que sea licenciado, entre otras, en Ciencias de la Música, o técnico en Geodesia, y no acabo yo de entender muy bien qué utilidad puede tener en un Juzgado conocer los músicos del New Age o saber las dimensiones del globo terrestre.
Pero, en fin, supongo que más de un avispado, pretendiendo a adir unos puntillos de más a su calificación, hará el esfuerzo, compatible naturalmente con el aprendizaje de las leyes procedimentales espa olas, de empollarse algunas cosillas del dialecto indostánico, el vascuence, como se decía antes, o el suahili, que con esto de la inmigración africana nunca se sabe. Y ello nos lleva, de entrada, a la conclusión de la urgencia de la creación en nuestra comunidad de un cuerpo de examinadores de estas lenguas exóticas tan importantes, no sea que algunos listillos pretendan pasar sabiendo decir en pakistaní "mi tío es rico" o "mi padre tiene una escopeta", o escribiendo en catalán "quiero trabajar en mi tierra", que era una frase otrora muy utilizada allí por nuestra gente.
Yo me atrevería a proponer que se incentivara otras cuestiones quizá de menos monta, como el conocimiento de nuestra Constitución, de algunas directivas comunitarias o de los diversos códigos que aplicamos en los juzgados españoles. Porque estoy seguro que los gallegos o los vascos, y hasta los catalanes que necesiten acercarse a nuestros tribunales serán capaces sin demasiado esfuerzo de expresarse en castellano y así seguro que nos entenderemos todos mejor. A veces no resulta tan difícil. Recuerdo que tras la declaración de un detenido portugués, con el que parecía no haber manera de entendernos, concluimos decretando su libertad. Cuando abandonó el Juzgado de Guardia, el hombre no podía disimular su amabilidad: "Ea, Señores, queden ustedes con Dios".
Con el finés y el bengalí y todos las lenguas y dialectos caemos en el peligro que ya advertía Don José Cadalso en el siglo XVIII y que conviene recordar a los que diseñan los programas de las oposiciones que comentamos: "... no sea que con el imperfecto conocimiento de tantos idiomas olvidéis el de vuestro país". La verdad es que parece que nos empeñamos en complicar las cosas sencillas.
Antonio Moreno Andrade
Publicado en LA TOGA en octubre de 2006
viernes, 5 de octubre de 2012
Carta a un torero
Respetado maestro:
No pude evitar verlo en la tele. Como si tuviera usted que buscar votos, con la pala en la mano, echando tierra sobre un peque o ataúd que contenía no sé cuantos misterios y pretendía ser la primera piedra (la primera caja, más bien) de un nuevo estadio de fútbol.
Allí estaban, naturalmente, quienes tenían que estar y algún otro, de cuya foto no nos libramos ni un solo día los lectores de ABC. Y allí estaba usted, maestro, con un ventarrón inhumano, con lo poco que le ha gustado a usted siempre el viento...! Y para colmo, enterrando un trozo de un glorioso capote en una caja endeble y hasta echándole encima arena con una pala. Que, por cierto, echó usted más arena que nadie. Yo, al verlo, con esa cara tan elocuente y tan temible que usted pone siempre que molesta el viento, pensaba en los versos de Antonio Machado, esos que seguro a usted le dan tanta jindama ("Sobre la negra caja se rompían / los pesados terrones polvorientos...").
Lo que usted ha sido en el toreo no lo ha sido nadie. Ni lo será, es imposible. Nadie podrá nunca arrancar lágrimas de emoción como usted lo ha hecho. Nadie será capaz de torear con el capote con la infinita lentitud, la cadencia y la íntima melodía con que usted lo hace. Nadie ha tenido ni tendrá nunca la gracia única de su muleta leve y exquisita.
Usted, maestro, cuando ha toreado a gusto, cuando creaba la belleza exponiendo más que ningún torero ha expuesto, tenía como el mejor premio su propia satisfacción, vivir a solas la plenitud del arte, borracho de sentimiento, ajeno a que miles de personas se conmovieran hasta el paroxismo con los increíbles momentos que procurábamos retener a fuego en las retinas para seguir so ando, Paseo Colón abajo, por siempre.
Quienes hemos sentido su arte como una religión, quienes hemos peregrinado tantas veces a su Pe a en su pueblo como a un santuario, quienes le hemos seguido (ay, aquellos a os sesenta...!) hasta la mismísima Dirección General de Seguridad, quienes hasta conservamos la entrada y, lo que es más importante, la limpieza nítida e intangible del recuerdo, de aquella corrida de los siete toros de Urquijo, cuando tuvo usted que dar una vuelta al ruedo en pleno tercio de quites, hasta nos molesta que ahora haya tantos "curristas de AVE" y que continúen dándonos la murga esa legión de ignorantes, fatalmente incapaces de admirar el arte, que aún no se han dado cuenta de su distinción única.
Y nos molesta que usted, maestro, se deje agasajar tanto, que se deje utilizar tanto. Parte de la grandeza que ha hecho de usted historia del toreo y de Sevilla, ha estado en su propio carácter introvertido, en su timidez, en importarle poco la oreja o la vuelta al ruedo, en su capacidad para hibernar jugando al dominó, y en su decisión para emerger uno y otro a o, en su siempre juvenil y faraónica Resurrección.
Hace ya demasiados a os, cuando yo estudiaba en la Facultad, erámos muchos los estudiantes que todo el a o andábamos so ando con verlo aparecer por la calle Iris con su misterio a cuestas, tan dignamente lleno de miedo a la puerta de cuadrillas y con un interrogante siempre gravitando sobre ese paseíllo que ha sabido usted interpretar como nadie. Y en la Cuaresma, aguardábamos impacientes a que aparecieran Gonzalito o Antonio Torres, en aquella inolvidable pe a taurina de la calle Zaragoza, para oírlos extasiados una y otra vez sobre lo bien que había estado en el campo el torero, llenándonos de esperanzas y de esperas.
Usted no tiene derecho, admirado maestro, a estropear la faena a última hora, a rompernos el mito de su vida a quienes le hemos seguido tantos a os con inmarchitable veneración. Porque hasta el misterio de su vida privada, que tan bien ha sabido usted guardar, ha ayudado a difuminar los imprecisos contornos de su personalidad única, mítica e irrepetible.
Por eso, desde el inmenso respeto que le tengo, que ya habrá visto que ni me he atrevido a pronunciar su nombre, me permito pedirle que se reserve usted un poco, que a usted no se le ha perdido nada dándole una patada a un balón, aunque por ello le aplaudan. Que para saborear la admiración de Sevilla, para sentir el cari o de la gente, no tiene usted más que darse un paseo por la calle Sierpes, por allí donde se sentaba Belmonte en aquel santuario de Los Corales.
Qué pu etas hacía usted con la palita...? Créame que no hay derecho a que nadie entierre un trozo de ese capote excelso bajo tierra. Ese capote, respetado maestro, es patrimonio del arte universal o, lo que es igual, patrimonio del arte de Sevilla. Y el único sitio en que puede estar, si no es sus manos de artista, es en lo más alto de la Giralda. Al menos, mientras no nos devuelvan el Giraldillo ... que esa es otra.
Antonio Moreno Andrade
Publicado en A.B.C. el 20.5.98
miércoles, 3 de octubre de 2012
Añoranza del juez
Se nos anuncia una nueva configuración de la Administración de Justicia. Es evidente que caminamos de manera imparable hacia una concepción distinta del propio Estado, lo que se llevará por delante no pocos principios de nuestro texto constitucional y conceptos tan arraigados en nuestro Ordenamiento como el del Juez Natural y el propio funcionamiento del proceso.
El aspecto concreto a que quiero referirme tiene que ver con una estrategia que lenta, pero inexorablemente, va ganando terreno en la política judicial. Así no es difícil constatar que desde hace algún tiempo se ha venido produciendo un progresivo desapoderamiento de la figura del juez, una desnaturalización de su función, de su arraigo popular y de su propia significación institucional.
En el ámbito del proceso penal, durante mucho tiempo el Juez de Instrucción fue depositario de un poder indiscutible, aquel que emanaba de su facultad exclusiva de decidir sobre la libertad de las personas que eran puestas a su disposición.
Esta mera potencialidad le emplazaba en una posición temida y detestada por muchos. La ley le atribuía facultades imposibles de limitar, al menos de forma inmediata. Aunque sus resoluciones eran susceptibles de impugnación, esa primera decisión acerca de la libertad resultaba inatacable.
Parece que a los gobernantes y legisladores esta situación de potencial riesgo no acababa de convencerles; se entendía poco garante de los derechos del detenido, como si los jueces se dedicaran a torturar a los denunciados o influir negativamente en su declaración. Poco a poco, se ha procurado desdibujar la figura del juez y se dan pasos inequívocos por desterrar este poder. La Ley Orgánica 13/2003 de 24 octubre modificó, entre otros, el artículo 505 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal incorporando el mandato de que si ninguna de las partes instare la prisión con o sin fianza, el juez está obligado a acordar necesariamente la inmediata puesta en libertad del imputado que estuviere detenido. Como quiera que en la inmensa mayoría de los casos, en esas primeras diligencias sólo el fiscal y el letrado que asiste al detenido participan de las mismas, debe concluirse que la decisión está en las exclusivas manos del primero y fuera de la discrecionalidad del juez.
Desde hace algún tiempo se aboga por confiar la fase instructora de los procesos penales al Ministerio Fiscal. Con independencia del inmenso coste económico que ello supondría, dada la escasa infraestructura actual de las fiscalías, habrá que convenir que hasta la pasada legislatura, al menos, la figura del Fiscal pareció presentar un serio déficit de confianza en la sociedad, al ofrecer la constante impresión de depender en demasía del gobierno. Por ello, no resulta aventurado advertir que la instrucción confiada en exclusiva a la fiscalía y la abolición de la acción popular, que igualmente se anunció, no garantizan una buena alianza para la persecución de determinados delitos, sobre todo mientras sigan los fiscales rigiéndose por el principio de dependencia jerárquica, que consagra el artículo 124 de la Constitución.
La otra poda de la autoridad del juez se ha realizado mediante la promulgación de la Ley Orgánica 1/2009, de 3 de noviembre, complementaria de la Ley de reforma de la legislación procesal para la implantación de la nueva Oficina judicial que, aunque incompleta, dota al secretario judicial de amplias facultades en la ordenación del proceso, que casi desplazan la figura del juez al mero acto de juzgar y sentenciar.
Desde hace unos años también, se anuncia la tramitación de una reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que parece sustituirá los partidos judiciales por los llamados Tribunales de Instancia. Existe incluso una corriente, creciente dentro de la propia carrera, que aboga por la creación de partidos judiciales provinciales únicos, residenciando en la capitalidad de la provincia todo el enjuiciamiento de los delitos que en ésta se perpetren.
De acordarse esta trascendental modificación y, dentro de la cautela que impone el conocer con profundidad su definitiva configuración y funcionamiento, parece razonable pensar que la inmediata consecuencia será la desaparición de los juzgados de instrucción de los distintos partidos, quedando quizá en cada pueblo un Juzgado de Paz, a lo sumo, a modo de consulado de ese macro partido.
De ser así, no puedo mostrarme de acuerdo con la medida de tal calado que viene a convulsionar la organización judicial existente en España desde la promulgación del Real Decreto de 30 de noviembre de 1833. Me parece un disparate la abolición de los partidos judiciales, como en su día me lo pareció la supresión de la Justicia Municipal, que tanto influyó en la paz social y en la resolución de tantos conflictos convivenciales y familiares y que tantas conductas delictuales evitaba. Como tampoco entiendo este proyecto del gobierno de suprimir en el Código Penal las faltas y crear lo que el ministro ha denominado "delitos menores".
Recuerdo emocionado mis años felices como juez de pueblo, exponente de la imprescindible cercanía de la justicia al ciudadano. Se convertía a veces el juzgado en una especie de confesionario, donde hombres y mujeres acudían a compartir con el juez la angustia de una tribulación, la congoja de una adversidad presentida o a buscar el consuelo de una sonrisa, de unas palabras de aliento y complicidad. El juez se aceptaba así como alguien imprescindible, parte del propio paisanaje del pueblo, un contertulio más en los casinos, un partícipe en la vida cotidiana de quienes quisieran acercarse a él.
Esa sensación parece que va a ser historia y la justicia penal, como la civil, va a provincializarse como ya ha ocurrido en otros ámbitos jurisdiccionales. Añoro aquella justicia artesanal, de auténtico servicio y pienso, como el pintor Alejandro Manzoni, que "no todo lo posterior significa progreso".
Publicado en ABC Sevilla el 23.9.2012
Se nos anuncia una nueva configuración de la Administración de Justicia. Es evidente que caminamos de manera imparable hacia una concepción distinta del propio Estado, lo que se llevará por delante no pocos principios de nuestro texto constitucional y conceptos tan arraigados en nuestro Ordenamiento como el del Juez Natural y el propio funcionamiento del proceso.
El aspecto concreto a que quiero referirme tiene que ver con una estrategia que lenta, pero inexorablemente, va ganando terreno en la política judicial. Así no es difícil constatar que desde hace algún tiempo se ha venido produciendo un progresivo desapoderamiento de la figura del juez, una desnaturalización de su función, de su arraigo popular y de su propia significación institucional.
En el ámbito del proceso penal, durante mucho tiempo el Juez de Instrucción fue depositario de un poder indiscutible, aquel que emanaba de su facultad exclusiva de decidir sobre la libertad de las personas que eran puestas a su disposición.
Esta mera potencialidad le emplazaba en una posición temida y detestada por muchos. La ley le atribuía facultades imposibles de limitar, al menos de forma inmediata. Aunque sus resoluciones eran susceptibles de impugnación, esa primera decisión acerca de la libertad resultaba inatacable.
Parece que a los gobernantes y legisladores esta situación de potencial riesgo no acababa de convencerles; se entendía poco garante de los derechos del detenido, como si los jueces se dedicaran a torturar a los denunciados o influir negativamente en su declaración. Poco a poco, se ha procurado desdibujar la figura del juez y se dan pasos inequívocos por desterrar este poder. La Ley Orgánica 13/2003 de 24 octubre modificó, entre otros, el artículo 505 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal incorporando el mandato de que si ninguna de las partes instare la prisión con o sin fianza, el juez está obligado a acordar necesariamente la inmediata puesta en libertad del imputado que estuviere detenido. Como quiera que en la inmensa mayoría de los casos, en esas primeras diligencias sólo el fiscal y el letrado que asiste al detenido participan de las mismas, debe concluirse que la decisión está en las exclusivas manos del primero y fuera de la discrecionalidad del juez.
Desde hace algún tiempo se aboga por confiar la fase instructora de los procesos penales al Ministerio Fiscal. Con independencia del inmenso coste económico que ello supondría, dada la escasa infraestructura actual de las fiscalías, habrá que convenir que hasta la pasada legislatura, al menos, la figura del Fiscal pareció presentar un serio déficit de confianza en la sociedad, al ofrecer la constante impresión de depender en demasía del gobierno. Por ello, no resulta aventurado advertir que la instrucción confiada en exclusiva a la fiscalía y la abolición de la acción popular, que igualmente se anunció, no garantizan una buena alianza para la persecución de determinados delitos, sobre todo mientras sigan los fiscales rigiéndose por el principio de dependencia jerárquica, que consagra el artículo 124 de la Constitución.
La otra poda de la autoridad del juez se ha realizado mediante la promulgación de la Ley Orgánica 1/2009, de 3 de noviembre, complementaria de la Ley de reforma de la legislación procesal para la implantación de la nueva Oficina judicial que, aunque incompleta, dota al secretario judicial de amplias facultades en la ordenación del proceso, que casi desplazan la figura del juez al mero acto de juzgar y sentenciar.
Desde hace unos años también, se anuncia la tramitación de una reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que parece sustituirá los partidos judiciales por los llamados Tribunales de Instancia. Existe incluso una corriente, creciente dentro de la propia carrera, que aboga por la creación de partidos judiciales provinciales únicos, residenciando en la capitalidad de la provincia todo el enjuiciamiento de los delitos que en ésta se perpetren.
De acordarse esta trascendental modificación y, dentro de la cautela que impone el conocer con profundidad su definitiva configuración y funcionamiento, parece razonable pensar que la inmediata consecuencia será la desaparición de los juzgados de instrucción de los distintos partidos, quedando quizá en cada pueblo un Juzgado de Paz, a lo sumo, a modo de consulado de ese macro partido.
De ser así, no puedo mostrarme de acuerdo con la medida de tal calado que viene a convulsionar la organización judicial existente en España desde la promulgación del Real Decreto de 30 de noviembre de 1833. Me parece un disparate la abolición de los partidos judiciales, como en su día me lo pareció la supresión de la Justicia Municipal, que tanto influyó en la paz social y en la resolución de tantos conflictos convivenciales y familiares y que tantas conductas delictuales evitaba. Como tampoco entiendo este proyecto del gobierno de suprimir en el Código Penal las faltas y crear lo que el ministro ha denominado "delitos menores".
Recuerdo emocionado mis años felices como juez de pueblo, exponente de la imprescindible cercanía de la justicia al ciudadano. Se convertía a veces el juzgado en una especie de confesionario, donde hombres y mujeres acudían a compartir con el juez la angustia de una tribulación, la congoja de una adversidad presentida o a buscar el consuelo de una sonrisa, de unas palabras de aliento y complicidad. El juez se aceptaba así como alguien imprescindible, parte del propio paisanaje del pueblo, un contertulio más en los casinos, un partícipe en la vida cotidiana de quienes quisieran acercarse a él.
Esa sensación parece que va a ser historia y la justicia penal, como la civil, va a provincializarse como ya ha ocurrido en otros ámbitos jurisdiccionales. Añoro aquella justicia artesanal, de auténtico servicio y pienso, como el pintor Alejandro Manzoni, que "no todo lo posterior significa progreso".
Publicado en ABC Sevilla el 23.9.2012
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