domingo, 28 de abril de 2013

Escraches

 

Confieso que siento una profunda admiración por los artistas argentinos, especialmente por sus músicos y poetas. Si en mi niñez me deleitaban los tangos de Carlos Gardel, aderezados por Federico Le Pera, hoy me fascinan Baglietto, Lito Vitale o Astor Piazzola; también sus escritores, Bioy Casares, Cortázar, Borges sobre todos y, cómo no, Enrique Santos Disépolo, aquel que escribió el tango Cambalache, que parece una premonición de nuestros días y al que alguna vez me he referido: "... los inmorales nos han igualao./ Si uno vive en la impostura, / y otro roba en su ambición, / da lo mismo que sea cura, / colchonero, rey de bastos, / caradura o polizón ...!". Lo cierto es que los argentinos me han parecido siempre creativos, apasionados, capaces de enmascarar sus desencantos con las más festivas formulaciones y también de adoptar disparatadas claudicaciones a la hora de transigir con los políticos que eligen y soportar sus irreflexivas decisiones. Dice un amigo bonaerense que, en su genialidad, son inventores de un término, boludo, imposible de definir pero insuperablemente expresivo; nadie sabe lo que significa, pero todo el mundo sabe lo que expresa.

Nos legan ahora una figura desconcertante, cuya etimología y significado verdadero no alcanzo a entender; escrache es término expresivo de la protesta, pacífica en principio, manifestada frente a las casas de determinados políticos que indultaron a militares a los que se creía causantes de desapariciones de miles de ciudadanos durante el detestable régimen militar, que tan devastador resultó en el pasado siglo. Y ocurrió como siempre ocurre por esos lares, que lo que comenzó con acciones casi festivas fueron girando, con la indolencia propia de su gente, hacia una serie de expresiones violentas de indeseable acoso y que, como tantas otras, se han instalado en España desde plataformas denominadas, de momento, "de afectados por las hipotecas".

Debe decirse que se presenta como razón de su protesta la hipoteca, entendida como un instrumento de barbarie sin discusión alguna, sin que sea permitido distinguir el normal desenvolvimiento de este derecho real de determinadas prácticas generalmente abusivas, ejercitadas por instituciones crediticias. Con independencia de esta consideración, es lo cierto que los escraches se han convertido en una excusa para que una pandilla inclasificable se sitúe a la puerta de un dirigente político a perturbar su paz, inquietar a su familia y crear un clima amenazante, exteriorizando sus desacuerdos lejos de cauces democráticamente aceptables. Una destacada personalidad calificó los hechos como propios de un régimen nazi y le cayeron miles de inmediatas críticas, cuando se estaba en realidad refiriendo simplemente a la similitud entre esas prácticas y algunos gestos del lunático nacionalsocialismo alemán. Es verdad, sin embargo, que las juventudes hitlerianas en sus comienzos -luego no tuvieron necesidad de tanta sutileza- estigmatizaban de esa forma los domicilios y establecimientos judíos en las ciudades alemanas, polacas y austriacas, sobre todo.

El escrache tiene un indudable componente de hostigamiento, de amenaza cercana, de inquietud provocada para lograr con las voces en la calle lo que debe procurarse por cauces determinados legalmente. No entro a valorar si, como parece, estos pocos manifestantes, amparados en el argumento de los desahucios, obran manipulados por organizaciones más o menos conocidas, pero son protagonistas de una actitud que orilla al menos lo delictivo y que, sorprendentemente, no siempre recibe inmediata respuesta del Estado. De cualquier forma, resulta injustificable esa moda que parece tener vocación de permanencia entre nosotros y a la que debe ponerse coto, pues en ningún caso, por pésima que fuera la gestión de los dirigentes políticos, puede atentarse contra la paz y el sosiego propio y del entorno familiar de nadie. Por cierto, la maniobra parece selectivamente ejercitada, pues no se exteriorizó durante mandatos pretéritos, que nada opusieron a esta situación.

La cuestión de las hipotecas y los desahucios parece en vías de relativa solución; Dios quiera que se resuelva con equilibrado criterio, ya que es problema de muchas aristas que demanda sosiego en su tratamiento. Mientras, no parece conveniente olvidar que las leyes, durante su vigencia, deben ser cumplidas por todos sin regates ni insumisiones estrafalarias.

Y como a veces pienso que Ramón J. Sénder tenía razón cuando en La aventura equinocial de Lope de Aguirre afirmaba que "lo que pasa es que en la vida está permitido todo y vuesas mercedes no se han enterado todavía", esta reflexión del escrache me ha llevado a exteriorizar mi deseo de manifestarme también de esa forma tan mejorable contra algunas realidades que debo soportar con dolor en esta España nuestra. Así ante el hecho de que los proetarras se sienten en los parlamentos, gobiernen nuestro destino y se nutran de nuestros impuestos. O ante quienes ultrajan nuestra bandera y nuestro himno nacional e insultan la Jefatura del Estado. O ante quienes chantajean al Gobierno de la Nación desde la perversa amenaza de la secesión. También ante quienes desde el ejercicio del poder se enriquecen, con desprecio a los ciudadanos necesitados de inmediata atención y hacen un uso malévolo de los fondos públicos para fines inconfesables. O ante quienes desde los observatorios al uso permiten el tráfico de seres humanos, la esclavitud de mujeres a la vista de todo el mundo y la explotación sexual de niños en las autopistas informáticas. O ante quienes insisten en politizar la Justicia y menoscabar la independencia de los jueces. O ante quienes no hacen uso de los mecanismos constitucionales para poner fin a esta sangría de comunidades y ayuntamientos, diputaciones y sindicatos, instituciones diversas y empresas públicas, mayoritariamente prescindibles, que los medios de comunicación nos relatan a diario.

Ante todo eso presento mi escrache. Lo malo es que soy respetuoso con las leyes, con las personas y con sus derechos y, por ello, incapaz de producir temor, inquietar a nadie o violentar la paz social. Así mi escarche de poco va a servir, me temo.

 

Antonio Moreno Andrade

Publicado en ABC de Sevilla el 28.4.2013

jueves, 21 de febrero de 2013

Política y leyes
Leía hace unos días unas declaraciones del presidente del Gobierno de la Generalidad de Cataluña, en que expresaba que contra la declaración de Soberanía aprobada por el Parlamento catalán "no hay normas ni constituciones ni interpretaciones posibles". No es que no estemos acostumbrados a iluminadas manifestaciones de este señor, pero produce estupefacción oír de un dirigente político, en el marco de un Estado de Derecho, tan brutal afirmación. Recordaba, sin embargo, aliviado, aquel pensamiento de un insigne catalán, al que alguna vez me he referido, Noel Clarasó: "un político es aquél que dice representar la opinión del pueblo, sin habérsela preguntado nunca", pues estoy seguro de que la mayoría de sus paisanos no participan de estos delirios que pretenden eludir la verdadera realidad de esa comunidad autónoma.
Pero no puedo ocultar la preocupación que me produce el hecho de que quien se hace llamar el "molt honorable" cometa, sin demasiada contradicción, según observo, un disparate tan impropio de quienes están llamados a hacer respetar la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico, según juramento que han debido prestar para ejercer su magistratura.
La cuestión no es nueva: recordamos la incomprensible actitud adoptada por los gobiernos de España y de la citada comunidad, indisimuladamente expuesta tras el dictado por el Tribunal Constitucional de su sentencia de 28 de junio de 2010. La desafiante insolencia del Estatuto catalán, conculcando el artículo 149 de la Constitución, que establece la competencia exclusiva del Estado en materia de Administración de Justicia, al pretender instaurar un Consejo de Justicia de Cataluña, desconcentrado del Consejo General del Poder Judicial (ocurrencia también predicable del Estatuto andaluz) fue certeramente anulada por la sentencia. Sin embargo las más altas instancias del Gobierno y de la Generalidad acordaron burlar la misma y, mediante una modificación de la Ley Orgánica del Poder Judicial, imponer lo que por su clarísima oposición a la norma constitucional había rechazado aquélla. Gracias a Dios, las altas instancias citadas, desalojados de sus respectivos gobiernos, pasaron a atender otros menesteres y el asunto quedó olvidado.
La inquietante realidad que crea el hecho de que los máximos detentadores de la gestión de la cosa pública expresen abiertamente su desprecio por las leyes y las resoluciones de los tribunales lleva a cuestionar la división, incluso la existencia de distintos Poderes del Estado. Da la impresión de que los designios de los ejecutivos se convierten en leyes inmediata y necesariamente merced a parlamentos anulados por mayorías absolutas o maniatados por el mercadeo de voluntades. Cabe preguntarse si de esta perspectiva se deriva la existencia de un verdadero Estado de Derecho.
Aristóteles, en La Política, afirma que la corrupción de la democracia es la demagogia. Mi admirado Tomás Moro, en su Utopía, señala que la bondad y la inocencia son connaturales al hombre, siendo las instituciones y organizaciones sociales y políticas las responsables de la entidad moral de los sujetos que bajo ellas se desarrollan.
La demagogia a que aludía el alumno de Platón es definida por el DRAE como la "degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder". Debiendo aceptarse la política como una actitud dictada por la nobleza de trabajar por el bien común y la democracia la forma más excelsa de su realización, la demagogia constituye sin duda su más abyecta negación, generadora de un constante engaño, de la instalación de la corrupción como norma y de la utilización de la acción política en el propio provecho de personas o grupos aferrados al poder, olvidados, si es que alguna vez lo advirtieron, del bondadoso afán de servir al mandato de sus conciudadanos.
Vive nuestra patria un momento histórico sin parangón, al punto de que la acuciante situación económica pasa a un segundo plano para enzarzarse los políticos en batallas tabernarias acerca de la corrupción, de la que unos y otros se acusan sin tasa. El partido gobernante emprende veloz carrera procurando reparar, con discutido acierto, el desastre con el que se encontró tras su éxito electoral, mediante el instrumento del decreto-ley (convertido así tan excepcional mecanismo en el cauce normativo más habitual), mientras todos los demás partidos y naturalmente, los sindicatos, le atacan incansablemente, como si esa lamentable lucha fuera lo que necesita ahora el bienestar de los españoles. Cada vez más, la presión del vocerío callejero, perversamente manipulado, condiciona e impulsa las decisiones políticas, que se adoptan sin la debida reflexión y, a veces, son requeridas de nada baladíes modificaciones al poco tiempo de su vigencia.
La realidad resulta atosigante y desesperada; el ciudadano asiste atónito y desazonado a lo que sin gran esfuerzo expresa la previsión de un futuro cada vez más incierto; cualquier decisión política se contesta con una algarada en la calle; hasta los policías han pedido perdón por cumplir las leyes y las sentencias que imponen desahucios legalmente procedentes. La ley se convierte así en detestable papel mojado, adaptable a cada momento, según convenga, incumplida y despreciada por los propios legisladores. Sin el respeto a la ley, el Estado de Derecho es sencillamente un fraude, falazmente utilizado para justificar el estado de abatimiento en que han sumido a los ciudadanos "normales".
Es imprescindible y urgente que se reaccione contra este calamitoso estado de mediocridad perversa en que se ha convenido instalar a la sociedad, pues como advirtió el gran papa Benedicto XVI en su discurso ante el Bundestag, en septiembre de 2011, "un Estado que no respeta el Derecho es una banda de forajidos". Es preciso que se aúnen los esfuerzos de todos los políticos decentes, que no son pocos, por regenerar el mundo de valores que se perdió no hace tanto. Resulta inaplazable que se ponga fin a esta situación. España, nuestra gran nación, lo precisa con urgencia, lo demanda desesperadamente
Antonio Moreno Andrade
Magistrado.

viernes, 11 de enero de 2013

A peor va la mejoría

A peor va la mejoría
Sufre de nuevo la Justicia una verdadera conmoción, tantas veces reproducida a lo largo de su existencia. Confieso que desde que inicié mi andadura en esta Carrera, la posición del juez y del poder que encarna han ido declinando sin cesar, con una cadencia más o menos pausada. Pareció que la Constitución venía a poner fin a ese progresivo deterioro institucional, declarando que el Consejo General del Poder Judicial era el "órgano de gobierno" del mismo y proclamando en su artículo 122 la primacía de los jueces en su formación. Sin embargo, la Ley Orgánica de 1985 residenció en las cámaras legislativas la íntegra configuración del Consejo, sancionando así su politización interesada, pese a que su formación se había confiado hasta entonces a los propios jueces en su mayoría. La desconcertante sentencia del Tribunal Constitucional de 29 de julio de 1986 puso fin a la cuestión, no formulando reproche constitucional alguno a la Ley, pese a afirmar prácticamente lo contrario en sus fundamentos.
Desde entonces, la cuestión ha derivado por derroteros francamente previsibles, en cuanto se establecía ex lege la politización de la Justicia y la dependencia de ésta de los designios de los gobernantes de turno. Los ejemplos han sido elocuentes y conocidos de todos. No parece propio de una democracia verdadera que los políticos presionen a los tribunales, desafíen la rectitud de sus resoluciones, les sugieran su sentido, les critiquen por el mero hecho de no ser sus decisiones conformes a sus deseos, expresen su inmediata voluntad de desobedecerlas, de buscar vericuetos que permitan lo que los tribunales declararon contrario a derecho.
Los sucesivos acontecimientos de desprecio y desconocimiento hacia un capital Poder del Estado han ido sumiendo progresivamente a los jueces en una situación de creciente indignación que en los últimos tiempos ha sustituido al tedioso desencanto siempre sentido. El acceso a las redes informáticas produjo el milagro de facilitar el contacto entre ellos, que abocó a un frenesí contagioso. Coincidían en la necesidad de expresar tanta decepción acumulada, poner fin a la situación de desamparo que se agravaba por momentos, frenar la politización y exigir el preciso respeto institucional.
Sin embargo los jueces no hemos sabido nunca unirnos, hemos transitado solitarios y callados demasiado tiempo, carecemos de la más mínima capacidad de respuesta y desconocemos la estrategia que viabiliza las manifestaciones propias del descontento laboral.
Así, en febrero y octubre de 2009 no pocos de ellos organizaron sendos días de huelga. En cualquier caso, la rebelión era, sobre todo, tardía. No puede ignorarse la responsabilidad histórica de los propios jueces, que hemos consentido siempre esta situación sin reacción alguna, que no hemos mostrado nunca con verdadero vigor oposición a la elocuente actitud de preeminencia de los otros poderes; incluso algunos se han sentido complacidos cuando han tenido ocasión de situarse a su lado en un plano de ilusoria igualdad y han transitado sumisamente por las veredas que le han sido marcadas desde una superioridad impostada.
Estas reacciones, en fin, se produjeron sin la debida coordinación entre las asociaciones, que se entendía eran el vehículo válido para expresar su aflicción, de tal suerte que constituyeron un fracaso rotundo sin más consecuencia que dos días de relativo asueto en algunos jueces y la penosa pero previsible frustración de ver cómo el Ministerio de Justicia de turno salía reforzado en su pulso con los jueces, a los que sigue ignorando, todo ello con el aplauso de algunos medios de comunicación, sin una reacción mínimamente enérgica del Consejo y ante la incomprensible y silenciosa indiferencia de los colegios profesionales, a los que increíblemente parecía no importarles tan angustiosa realidad que, se quiera o no, tanto les afectaba.
La situación y la consiguiente reacción se han sucedido de nuevo reciente y enérgicamente, dando lugar incluso a manifestaciones en la calle, sin duda discutibles cuando se trata de reclamar la dignidad de un Poder del Estado, indefectiblemente ignorado y maniatado por los otros.
Ahora el señor Ministro del ramo nos sorprende con medidas aún más asfixiantes para la Justicia en general. De una parte, la instauración de abusivas tasas que dificultan, cuando no impiden, el acceso de muchos ciudadanos a la Justicia, orillando la conculcación de su derecho constitucional a exigir la protección de los tribunales ("Todas las personas tienen derecho a obtener la tutela efectiva de los jueces y tribunales en el ejercicio de sus derechos e intereses legítimos, sin que, en ningún caso, pueda producirse indefensión", dice el artículo 24 de la Constitución, a la sazón vigente); una medida, además, que ha de entenderse preferentemente recaudatoria y que acabará siendo justificativa de que no hacen falta tantos jueces tras la lograda disuasión de los justiciables. De otra, la innovadora regulación del propio sistema judicial y el colofón de la nueva configuración del Consejo, que en nada lo mejora y que reafirma la dependencia y sometimiento del Poder Judicial al Ejecutivo (no nos engañemos, ni siquiera es al Legislativo, que supuestamente detenta la voluntad ciudadana).
Todas estas ocurrencias me hacen recordar una anécdota que un ilustre y querido médico pacense cuenta de su amado Almendralejo. Una señora agonizaba; los familiares apremiaban un día y otro al médico. Abrumado éste ante la superflua y enésima pregunta de cómo se encontraba la anciana, contestó conciliador: "a peor va la mejoría". Pues eso, señor ministro.
Antonio Moreno Andrade
Magistrado
Publicado en ABC Sevilla el 10 de enero de 2013.

domingo, 18 de noviembre de 2012

El discurso de Martha C. Nussbaum
He oído el discurso de la filósofa estadounidense Martha C. Nussbaum con motivo de la entrega del premio Príncipe de Asturias de las ciencias sociales. Lo he leído luego con detenimiento en ABC, igualmente conmovido. Del mismo me han impresionado sumamente algunas reflexiones, entre las que destaco la siguiente: "necesitamos una educación bien fundada en las humanidades para realizar el potencial de las sociedades que luchan por la justicia". El gran éxito de la labor de esta autora estriba en la aplicación de la filosofía y las humanidades a conceptos tan dispares como la economía, las emociones o la vulnerabilidad humana, entre otros. Es una pena que la mayoría de sus libros no se hayan podido leer aún en español.
A juicio de la prolífica escritora, "la medida correcta del desarrollo se focaliza en las personas y ( ...) refleja el hecho de que la gente no lucha por la renta nacional, lucha por una vida con sentido para ellos mismos", lo que se anuda a un pensamiento que ha informado su aportación intelectual entera ("el crecimiento económico, medido por el PIB per cápita, no es suficiente para evaluar la calidad de vida nacional, ya que realmente no capta qué es lo que la gente está luchando por conseguir").
La conclusión que de todo ello extraigo me sitúa ante el gran drama que vive España en todos los órdenes, del que son exponente noticias que leo en el mismo ejemplar del periódico, pues este discurso se pronunciaba horas después de conocerse que Andalucía cuenta con casi un millón y medio de parados al tiempo que la Fiscalía sevillana investiga, al parecer, la desviación de un millón de euros por un sindicato en proyectos ciertamente deleznables.
Nada de esto es casual, como no lo es el resto de desgracias que nos asolan. Sin perjuicio de mis discrepancias con algunas medidas de nuestro ejecutivo, me ocurre con el Presidente del Gobierno lo que José Carlos de Luna decía del Piyayo: "A mí me da pena y me causa un respeto imponente". Se esfuerza con ahínco por remediar una abisal situación heredada; azuzado por todos a la vez, los directos gestores del desastre y otros aprovechados asimilados y por sus propios votantes, que no entienden del todo justificado el extraordinario sacrificio que se les impone.
Esta crisis global arranca mucho tiempo atrás cuando el relativismo informó la vida española entera, se destrozó el concepto de familia, de religión, de valores y se diseñó una educación perversa, proscriptora de las señas de identidad de nuestra cultura, nada exigente en materias esenciales para la formación integral del individuo y alentadora de conductas de nula exigencia de esfuerzo personal o colectivo y que derivó en la instalación de la mayoría en una cómoda vida vegetativa, plena de exigencias ajenas, mas ayuna de daciones propias. Situarse en una burbuja nihilista, en la que todo está permitido, en la que nada es malo ni bueno, vivir sin pauta alguna de exigencia, han hecho que la sociedad española se haya despeñado hacia una sima sin fondo, que será poco menos que imposible superar.
Decía Concepción Arenal que "la sociedad paga muy caro el abandono en que deja a sus hijos, como todos los padres que no educan a los suyos". No escandalizo a nadie, estoy seguro, al afirmar que en nuestro país se ha perdido la educación. Y no me refiero solo al hecho reprobable de que algunas comunidades autónomas impongan planes de estudios sectarios, excluyentes de la historia y cultura del resto de España, a la que presentan como verdadera enemiga de su identidad y de su progreso de todo orden, siendo así que esas situaciones han sido generadas por la propia gestión, el despilfarro y la corrupción de sus dirigentes, muchos de los cuales se han hecho verdaderos protagonistas de los pasillos de las dependencias judiciales por ese afán desmesurado, en desafortunada expresión de un servidor público, de "trincar" lo que a otros correspondía. Ese refrito de normas educacionales nos ha situado, como en tantas otras realidades, a la cola de Europa y nos ha llevado a integrarnos en el pelotón de los torpes, según todas las encuestas, que muy a las claras ponen de manifiesto el estruendoso fracaso escolar logrado.
Pienso preferentemente en esa educación básica que posibilita una convivencia ordenada, donde se respete al resto de las personas por el hecho de serlo y se observen normas de interrelación personal, que van desde considerar aquellas reglas de urbanidad que en tiempos se enseñaban, hoy tan olvidadas, a lograr que cada individuo sea capaz de construirse una escala de valores, la que sea, y vivir responsablemente ese dictado como un código de comportamiento personal asentado en su esfuerzo por su propia formación, su ideología, su religión o sus convicciones. Lo digo desde el convencimiento de que de este sencillo abandono arranca gran parte de nuestros males. También los económicos. En la educación, al menos, los momentos que se han sucedido no han sido siempre mejores que los anteriores y, como quiera que la educación, los planes que la articulan, dependen de las voluntades de políticos, muchos de ellos iletrados, estoy plenamente de acuerdo con el pensamiento de Gustave Le Bon de que "el verdadero progreso democrático no consiste en rebajar la élite al nivel de la plebe, sino elevar la plebe a la élite".
Por eso me han impresionado tanto las reflexiones de la Sra. Nussbaum, que con su delicado discurso ha venido a evidenciar claramente que la sociedad necesita algo más que pensar en el PIB. No puede el individuo aspirar a lograr la libertad sin educación. Sólo desde el conocimiento puede ejercitarse una opción libre entre caminos; sólo una sólida cultura podrá defender al individuo de perniciosas ingerencias interesadas.
Gandhi dejó escrito que los siete pecados sociales son la política sin principios, la economía sin moral, el bienestar sin trabajo, la educación sin carácter, la ciencia sin humanidad, el goce sin conciencia y el culto sin sacrificio. Todos ellos nos incumben.

 
Antonio Moreno Andrade.
Magistrado.
Publicado en ABC de Sevilla el 18.11.2012

sábado, 27 de octubre de 2012

Breve discurso
Asisto encantado a este acto constitutivo de Guadaliuris, cuya naturaleza y fines acabo de conocer en palabras de los ideólogos que lo propugnan. Vengo contratado en virtud de sustitución, situación muy frecuente cuando la temporada taurina comienza a declinar, pues el diestro titular, don Guillermo Jiménez Sánchez ha presentado el preceptivo certificado médico. Lo hago por ello doblemente complacido, aunque la circunstancia nos priva a todos de la presencia y la palabra de un maestro auténtico y un amigo cabal.
Siempre he dicho que los verdaderos enjuiciadores de los jueces son los abogados. Es por ello que cuando Giner de los Ríos hablaba de la Administración de Justicia y decía que de ella debía huir cualquier hombre sensato, no sólo se refería a los jueces sino también a sus más directos colaboradores y censores, los letrados.
Las encuestas hablan del desprestigio de la Justicia, y entendiendo necesariamente esta conjunción juez-abogado, me acuerdo siempre de las Ordenanzas de Bilbao, de 1737, en las que se decía que las cuestiones de comercio se resolverán al "estilo de mercaderes", proscribiendo la presentación de " escriptos i libelos de letrados, que hacen los pleitos inmortales en gran daño i perjuicio de la mercadería". Lo traigo a colación para enfatizar la gran familia que todos constituimos ya que, como decía Santos Disépolo, con algo de vulgaridad en su expresión mas con acierto indudable, "vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos" (Léase Cambalache, tango musicado por mi admirado Joan Manuel Serrat en 1984).
Hace casi cuarenta años que transito la vida enrolado en esta singladura de procurar administrar justicia. Comencé en un juzgado de aquellos que en tiempo se denominaron "de entrada". Procurábamos allí una justicia cálida, artesanal, en equipo. Allí conocí insignes letrados sevillanos, muchos de ellos desaparecidos y de todos aprendí la nobleza de una profesión imprescindible para la sociedad. Este concepto de Justicia ha ido evolucionando por derroteros que no siempre han mejorado cuanto había. Hoy nos vemos menos, conversamos menos, nos amigamos menos, lo que ha contribuido a configuraren nuestro ámbito un automatismo frío y excesivamente formalista, privando a nuestra relación de humanidad y cercanía personal, a cambio de ofrecernos una vertiginosa comunicación a través de autopistas virtuales no siempre fieles..
Es por eso que me congratula que los abogados, colectivamente agrupados, se unan en defensa de intereses legítimos, siempre que sus anhelos, logros y manifestaciones lo sean con lealtad a la Jurisdicción y a la institución colegial. No me cabe duda de que así se ha concebido este proyecto. La defensa de señas de identidad y rigor profesional nos sitúa ante metas de excelencia y ejemplaridad de las que nuestra sociedad se halla francamente necesitada.
Llevo 8 años en la Sala de Gobierno del TSJ. Una de las atenciones frecuentes que allí consideramos se refiere a expedientes sancionadores a letrados y, en menor número, a jueces. Reflejan situaciones de absurdo desencuentro, de impostura a veces, de falta de tolerancia y de educación en todo caso. Nadie asume con corrección su estricto rol en el proceso, ni el juez ni el abogado y convertimos nuestra relación en un permanente y perverso pugilato, que nada ayuda a la causa de la Justicia ni de la relación interpersonal entre compañeros.
Invito por ello a estas agrupaciones de abogados a que luchen por ese mutuo respeto institucional, divulgando las esencialidades de nuestras profesiones y la proscripción de sentirnos distintos cuando a todos nos une un objetivo final excelso y subyugante, como es el logro de la Justicia. Créanme que es ello posible y me tienen a su disposición para esa tarea. Así le llevaremos entre todos la contraria a mi admirado Azorín, cuando decía: La Justicia, la Justicia pura, limpia de egoísmos, es una cosa tan rara, tan espléndida, tan divina, que cuando un átomo de ella desciende sobre el mundo, los hombres se llenan de asombro y se alborotan.
Me siento en este Colegio siempre como en mi casa, no soy nunca un extraño ni equivoco mis pasos cuantas veces me acerco a su sede. Me precio de ser letrado, amigo de letrados y padre de letrados. Me siento con ustedes orgulloso de la noble profesión que ejercen y les deseo en esta aventura todo tipo de éxitos.
Es preciso que sientan la satisfacción de cuanto hacen con dignidad y entrega en la defensa de intereses merecedores de protección. Sientan profunda, íntimamente la la bondad de cuanto procuran.
Nuestro gran krausista Joaquín Costa decía malévolamente que siendo abogado en España, se puede ser de todo, hasta Reina Madre.
Pues que así sea. Muchas gracias
Pronunciado en el Colegio de Abogados de Sevilla el 26 de octubre de 2012, con motivo de la presentación de la asociación Guadaliuris Abogados.

jueves, 18 de octubre de 2012

La violencia nuestra

Escribí este artículo no sé cuándo y se publicó en ABC de Sevilla sin que recuerde la fecha.

Parecen esperarnos cada día noticias que nos llenan de desazón y tristeza. Asistimos ahora sobrecogidos a la secuencia de la crónica alienante del crimen de una joven sevillana perpetrado, al parecer, por unos jóvenes depravados, cuya conducta nos espanta por su propia acción y sus potencialidades. Ante estas agresiones la sociedad queda estupefacta, sin respuestas, buscando inútilmente explicaciones que se nos niegan. ¿Qué está ocurriendo?

Permítaseme al respecto una reflexión personal sobre la raíz verdadera del problema, pues si cabe admitirse que el fenómeno de la violencia es tan antiguo como la propia existencia humana, debemos igualmente aceptar que nunca se ha manifestado como ahora, en estos tiempos pomposamente denominados de progreso, en el que acaso debamos encontrar también las razones de esta lacra social y de su espiral inacabable.

Hemos de preguntarnos, con carácter prioritario, si es el hombre un ser que nace poseedor de una larvada perversidad, capaz de desplegar sus efectos en cualquier momento de su vida o, por el contrario, debemos entender que nacemos hermanados por sentimientos de bondad, que el tránsito de la vida se encarga de potenciar o deteriorar, dependiendo de factores ajenos a la propia personalidad.

En el mundo de la Filosofía del Derecho, dos teorías se han contrapuesto al respecto históricamente, sin que aún los autores hayan podido resolver sus antinómicas conclusiones. El inglés Thomas Hobbes, autor del polémico "Leviatán", proclamaba en el siglo XVI el conocido aforismo "homo hominis lupus", el hombre es un lobo para el hombre, consecuencia de la inclinación general de la humanidad hacia un perpetuo e incesante afán de poder. Frente a esta teoría, el suizo Jean Jacques Rousseau opuso la del optimismo antropológico, publicando en 1762 "El contrato social", donde mantenía la capacidad de la voluntad soberana de los pueblos, capaces de llegar, mediante acuerdos conciliatorios, a marcarse normas convivenciales. La ley no es entonces una imposición sino consecuencia de la bondad y sociabilidad innatas en el hombre.

Sobre estas premisas ha transitado la vida de la humanidad desde sus comienzos. Nuestras lejanas enseñanzas nos sobrecogían con el primer crimen de su historia, aquel brutal asesinato fraternal de Caín a Abel. Progresivamente, hemos venido asistiendo, con mayor frecuencia cada vez, a acciones que nos han parecido imposibles en su maldad de anidar en el alma humana. Esta violencia se ha extendido como una hiedra por el mundo entero y sus manifestaciones se multiplican imparables en cantidad y perversidad.

Nos hemos encontrado súbitamente con que, contra todo deseo, la violencia se ha instalado en nuestra vida como el principal problema de nuestra convivencia, tradicionalmente azotada por dos agresiones ya añejas, la proveniente de los hábitos toxicómanos y el terrorismo. En el ámbito escolar, el problema, denominado "bullying" (del término inglés bull, matón) es auténticamente pavoroso y quienes imparten la enseñanza se ven despreciados, impunemente insultados cuando no agredidos por su alumnos y sus progenitores. Entre los propios compañeros se ha llegado a situaciones de violencia verdaderamente aberrantes, generadoras incluso de suicidios.

La mal llamada violencia de género ha motivado la publicación de una Ley Orgánica, de 20 de diciembre de 2004, que ha sido un instrumento sin duda inútil contra la violencia doméstica y familiar, que continúa incesante y creciente, cuando no motivo de su incremento por su tratamiento discriminatorio y sectario. El mundo del trabajo, la conducción de vehículos, cualquier manifestación deportiva o meramente convivencial, se nos presentan gravitadas constantemente por el riesgo de una violencia tan estúpida como cruel, injustificada, imprevisible, irrazonable e inmotivada siempre.

Pienso que la culpa es de todos y, esencialmente, consecuencia de una actitud social radicalmente relativista, la imposición de la aceptación del "todo da igual", que ha hecho tabla rasa con todo cuanto suene a escala de valores desde una idea equivocada del concepto de igualdad, que pretende la igualación desde abajo. La calamitosa política educativa, la proscripción sistemática de la verdadera educación, la apostasía del principio de autoridad y de las normas de convivencia nos han conducido a un clima de degradación colectiva, que por comodidad hemos aceptado y que nos ha llevado a vivir en la inseguridad, en la desconfianza y en el más absoluto desamor.

Es sin duda la incultura el obstáculo máximo de la libertad y ésta encuentra su razón en la articulación de una estable convivencia, basada en la hermosa regla que encontramos en el apartado primero del artículo 10 de la Constitución: "... el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social". Sin cultura resulta inconcebible un mundo de valores.

Se antoja impensable que hoy se acepten por las propias familias la necesidad y disciplina de la formación auténtica de los jóvenes, posibilitar a éstos un conocimiento sólido para optar en libertad entre caminos, para abordar la construcción de un proyecto de vida conforme al fortalecimiento del criterio personal. Los abandonamos indiferentes en el tumulto y la mezcolanza del grupo, sometidos a comportamientos miméticos, irreflexivos, sin exigencias, sin aspiraciones mínimamente nobles, olvidando aquella sabia reflexión del periodista americano Hodding Carter: "solo dos cosas podemos aspirar a dejar a nuestros hijos; una, raíces; otra, alas".

Personalmente estoy convencido de que el violento no se reprime por la amenaza de la ley. Eso resulta manifiesto en el plano de la violencia doméstica, en que cada vez se da más por mucho que se agraven las penas, y es lo cierto que los poderes públicos no pueden limitarse a establecer sanciones sino actuar consecuentemente en la certeza de que, como ante toda conducta agresiva, merece un análisis profundo de las causas y, desde ahí, actuar con políticas de prevención verdadera, de educación no partidarias. No puede olvidarse que todo delincuente actúa voluntariamente, sin un excesivo sentido de su culpabilidad y, en la mayoría de los casos, aceptando deliberadamente las consecuencias, cuando no imponiéndose a sí mismo de forma alienada el máximo castigo.

Falta, en suma, lo más esencial a mi juicio, una cuestión que requiere no poco tiempo y, sobre todo, una voluntad decidida: educar en valores. Y eso se me antoja complicado a medio plazo. La solución, si nos aprestamos todos, vendrá cuando tomemos conciencia del abismo en que hemos situado a la sociedad por la indiferencia ante las conductas agresivas de todo tipo y el imperio del nihilismo y el hedonismo como fundamento de la convivencia.

Como decía Gustave Le Bon, "el verdadero progreso democrático no consiste en rebajar la élite al nivel de la plebe, sino elevar la plebe a la élite".

Antonio Moreno Andrade

martes, 16 de octubre de 2012

Laicos en el mundo de la Fe

Discurso prnunciado en la Iglesia de San Jorge,
de la Hermandad de la Santa Caridad,
con motivo de la presentación por el Sr. Arzobispo de Sevilla
del Libro "Los laicos ante la Nueva Evangelización.
16 de octubre de 2012.

Excmo. y Rvdo. Sr. Arzobispo, señoras y señores:

Quiero expresar mi gratitud por esta llamada de nuestro pastor, que me permite dirigirme a ustedes en nombre de quienes han contribuido a la formación de este documento que hoy se presenta. Para mi constituyó un honor formar parte de su selecto elenco, como ahora compartir mi reflexión con todos ustedes en esta maravillosa iglesia de San Jorge.

El pasado viernes, Su Santidad Benedicto XVI inauguraba en la Plaza de San Pedro El Año de la Fe. Con motivo de tan trascendente acontecimiento, emplazó a los cristianos a que la difusión de la Nueva Evangelización se apoye esencialmente en los documentos del Concilio Vaticano II, cuando se cumplen cincuenta años de su celebración. El mensaje podría sintetizarse en su certera metáfora de un viaje; el viajero sabio es el que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos. Al afirmar que el Año de la fe constituye una peregrinación por los desiertos espirituales del mundo contemporáneo, nos está invitando a salir a proclamar la Fe como el más preciado instrumento de nuestra religiosidad, de esa Nueva Evangelización que Juan Pablo II reclamó por vez primera en su viaje a Puerto Príncipe y que ha sido el concepto adoptado por su sucesor como el más eficaz instrumento de la expansión del Evangelio, mediante este momento de inicio de un viaje expansivo del amor a Cristo.

Para ello, el cristiano debe vivir en el mundo con una plena integración, nunca con la sensación de que está incardinado en un tiempo equivocado, sino teniendo bien situados los pies en el suelo pues sólo así podrá conocer la verdadera entidad de la realidad en que se mueve, cuestión capital para actuar en consecuencia.

Pues bien, debemos decir sin demora que nos hallamos en uno de los momentos más críticos del respeto a nuestra religión. Asistimos horrorizados a verdaderas persecuciones de cristianos en tierras lejanas, las más de las veces auspiciadas por la influencia de otras religiones, a las que siempre el cristianismo respetó.
  Esta actitud de negación de los valores religiosos ha arraigado también en la vieja Europa, talismán de la cultura y la tradición católicas. Una sociedad enferma cuando sus leyes la conducen a la incultura y al exterminio de su axiología . Este es el estado actual de nuestro país, en que la incultura se ha adueñado de una gran mayoría de los españoles, insertos en un magma de mediocridad que impide incluso el ejercicio de la libertad del individuo, al carecer por completo de formación. Sin ésta, la libertad es imposible.

El mundo todo parece abjurar de cualquier forma de religión que no venga impuesta por un inquietante y amenazador fundamentalismo, aunque a veces pretenda presentarse velado por un manto de evanescente idealismo. Y de todas, sin la más mínima duda, ha sido el cristianismo su gran víctima. Aceptamos como expresión de modernidad cualquier actitud contraria a la idea misma de religión, ajena siquiera al planteamiento de la necesidad de ésta para el hombre, de forma cada vez más acuciante y dramática. Se pretende que vivamos todos sin religión, sin Dios, sin responsabilidad ni sentido de la trascendencia.

Para algunos relativistas, el cristianismo se ha considerado interesadamente una forma de fundamentalismo trasnochado, equiparado a otras confesiones bien alejadas de aquél.

Analizado someramente el panorama del mundo en que vivimos, la Iglesia nos encara con la necesidad de una Nueva Evangelización. La exigencia de Su Santidad es en este punto muy clara: "la Iglesia evangeliza siempre ... no obstante, observamos un proceso progresivo de descristianización y de pérdida de los valores humanos esenciales ... por esto buscamos, más allá de la evangelización permanente, que jamás ha sido interrumpida y que jamás debe interrumpirse, una nueva evangelización, capaz de hacerse escuchar por aquel mundo que no encuentra acceso a la "evangelización clásica".

A juicio del Papa, debe huirse del peligro de la impaciencia; el método de Dios está reflejado en la parábola del grano de mostaza. La Nueva Evangelización debe actuar con la humildad del pequeño grano de mostaza, dejando a Dios el cuándo y el cómo crecerá. Las grandes realidades comienzan con humildad.

La metodología es clara para el Santo Padre: servir bien a las personas y a la humanidad dando espacio a Aquél que es la Vida, lo que supone una expropiación del propio yo. La evangelización no es una manera de hablar sino una forma de vivir. Siguiendo su exposición, actualmente se incide en la tentación de reducir a Jesucristo, el Hijo de Dios, sólo a un Jesús histórico, a un hombre puro. Sin negar su divinidad, se reduce su figura a un Jesús a nuestra medida, posible y comprensible en el marco de nuestra historiografía. Cristo se ofrece como camino de vida y sería anacrónico, imposible, una imitación plena de Cristo; la apuesta consiste en lograr asimilarse a Él en lo posible para llegar a la unión con Dios.

En nuestro país se ha producido, sin duda, como si de un corolario de la implantación del estado de Derecho se tratara, una huida de la religión y la militancia en posturas, si no de ateísmo o agnosticismo, sí de una desconexión total con la religión católica, reducida en su participación a puntuales acontecimientos cultuales o sociales. Como para muchas personas, el concepto de ética se identificaba con religión, su alejamiento de ésta les ha facilitado el falso y cómodo convencimiento de que podían prescindir de la moral en sus comportamientos y compromisos. Ello explica, en parte, el pernicioso espectáculo al que asistimos en nuestra sociedad, el hedonismo imperante, la sexualidad manejada como expresión del consumismo, la abolición de una mínima escala de valores personal, la dinamización de la familia y la ausencia de pautas de comportamiento y crítica.

Pero es claro que algo debemos hacer y de forma inminente. No resulta aventurado afirmar que la obligación primera del laico la constituye su propia formación cristiana e integral, permanente, incesante, para así poder transmitir a los demás su visión del compromiso cristiano y su idea de santificación a través de la consecución de los fines de la misma.

Es sumamente importante la convicción de que en ese ámbito de entrega, nuestro modelo sea siempre Jesucristo. Estar cerca de Cristo y del hermano, estar en medio de ambos. El compromiso que asumimos nos lleva a presentar permanentemente la imagen de Dios a nuestros hermanos, llevar siempre el ejemplo de vida de Cristo a las relaciones humanas más elementales, sociales y familiares. Transmitir nuestra experiencia de Dios, "respirar a Dios".

La creación de ese ansiado clima de fraternidad pasa por un constante servicio tolerante, basado en la comprensión y el respeto a posturas no compartidas, para que la reflexión común nos sitúe ante metas de auténtica realización cristiana. Para ello, necesitamos llenarnos de Dios, para poder darlo y compartirlo con nuestros hermanos.

Es sin duda difícil, y consecuente al compromiso cristiano, la aceptación, el respeto por las doctrinas que son distantes de nuestra cultura cristiana. Ese permanente ejemplo de universalidad, de acercamiento a que nos requería Juan Pablo II y que tan claramente nos pudo de manifiesto Benedicto XVI en su reciente viaje al Líbano.

Aquí radica la verdadera raíz de la caridad, aquí comienza la aceptación de la igualdad que nos transmitiera Jesús en la cruz a través de aquel bello mandamiento que nos hermanaba totalmente en Dios bajo la maternidad de la Virgen.

Todo depende de Dios. Yo sé que me pongo en sus manos para actuar y que todos sus caminos pasan por el hombre, por mi hermano. Sé que yo puedo traicionarlo una y mil veces, volverle la espalda, pero sé también que Él no lo hará nunca, que su perdón y su consuelo siempre me estarán esperando pacientes. Por eso confío en Él, tengo confianza en Dios y sé que nunca me va a fallar.

Porque es la fe la razón de cuanto hacemos, de lo que vivimos y por lo que luchamos. El motor del culto público y de la caridad no es otro sino la fe, la confianza en la promesa de Dios, la seguridad en su palabra, la identidad con Dios. El culto que protagonizamos no es sino expresión de esa fe. Ahí nace nuestra capacidad evangelizadora, que alimenta e informa toda nuestra actividad. Una fe que hay que buscar siempre, amargamente a veces, como Unamuno nos describe en "La agonía del cristianismo".

Pero es imprescindible dotarnos de ese permanente estado de misión, al que se refería Juan Pablo II cuando hablaba del Adviento de la Preparación. Ese indeclinable posicionamiento frente al pecado con nuestro ejemplo de vida cristiana. Debemos proscribir nuestros miedos, mostrarnos como seguidores de Cristo, preservarnos de los constantes oleajes que nos acechan y proclamar la bondad de nuestra religión.
Pablo VI nos exhortaba a vivir el Evangelio en la familia, en el trabajo, en nuestra vida cotidiana ... y esa actitud vivencial debe ser una constante en nuestra vida. Ese compromiso debe llevarse a todos los momentos de nuestra vida, al ocio, a la diversión y a todas las manifestaciones de nuestras actividades ordinarias.

Cada vez más, se nos exige el ejercicio de la caridad. Hoy más que nunca, los problemas que asolan al mundo se nos presentan como más acuciantes cada vez. El paro desbordado, la el hambre tan cercana, la soledad del ser humano, la guerra como denominador común de los cuatro continentes ante la indiferencia del resto del mundo... nos suscitan un panorama cada vez más desconcertante, al que se une la droga que asola a nuestros jóvenes, el SIDA que avanza sin posibilidad de freno, la desesperación del hombre moderno. Todo esto nos llena de compromiso sincero, tremendamente duro pero inevitable.

El fenómeno de la descristianización cierta, que llena al hombre de soledades en la inmensidad de las ciudades, la desorientación profesional y laboral de nuestra juventud, la falta de valores de nuestra sociedad y el abandono de los poderes públicos ante estas realidades, constituyen para nosotros una llamada, que se hace más comprometedora para quienes desempeñan puestos de responsabilidad en la sociedad. Porque hay que requerir a nuestros hermanos a compartir también estas necesidades, porque hoy más que nunca debemos hacer participar a todos los hombres de nuestros dones.

Una de las asignaturas pendientes de nuestro Occidente es la sinceridad del planteamiento de la solidaridad humana, basada en la igualdad sustancial de los hombres. El fenómeno se me antoja angustioso. Mientras no nos convenzamos de que todos los hombres son iguales, que no nos distingue nada, no entenderemos en verdad el auténtico mandato de evangelización. Pienso constantemente, aquí en esta querida casa de la Santa Caridad, en las palabras de Don Miguel Mañara: "Ah. Justicia de Dios, cómo igualas en la muerte la desigualdad de la vida!

El amor, si aceptamos que en su mágica dimensión humana supone la transposición del Amor de Dios, implica la aceptación en un plano de igualdad de otros semejantes, lo que resulta determinante de un concepto de la vida como una comunidad de personas iguales esencialmente. En esa aceptación de la igualdad absoluta de los hombres, encontramos no pocos obstáculos, que hoy, en esta época de enigmática globalización, aparecen como un contrasentido a las teorías filosóficas que defienden una igualdad entre todos en aras de valores lejanos al cristianismo.

El interminable interrogatorio al que Peter Seewald somete a Joseth Ratzinger, termina con una pregunta definitiva: "Y Dios, qué quiere exactamente de nosotros"?. El que luego fuera Benedicto XVI contesta con la precisión y claridad que caracteriza su doctrina: "Dios quiere que amemos, que seamos imagen y semejanza suya. Porque, como dice San Juan, Él es Amor, y quiere que sus criaturas se asemejen a Él, que, escogiendo libremente amar, sean como Él, y le pertenezcan, para que así resplandezca su Amor".

Vivimos, sin duda, una época difícil para la puesta en práctica de la doctrina de Cristo. Instituciones que han constituido el basamento de la cultura católica se hallan en franco entredicho y los cristianos, como la propia Iglesia en no pocos casos, manifestamos con timidez nuestras creencias, como si nos avergonzáramos de hacer públicas nuestras convicciones.

Sin quererlo, sin percibirlo apenas, nos vamos encapsulando en nosotros mismos, prescindimos de un comportamiento social, de interrelación personal y vivimos en la más absoluta plenitud el individualismo.

Aún sabiendo que nada es posible sin esa condición de individuos integrados en sociedad, procuramos vivir de espaldas a esa realidad, en los más de los casos, por una razón de confortable egoísmo. Parece que el "yo" deba defenderse a ultranza del "otro", que aparece siempre como una amenaza.

Tan sólo pronunciar "Año de la Fe" nos sitúa ante una difícil andadura. Necesaria, inaplazable, pero llena de espinas. No es algo que nos venga dado la fe, sino que exige una lucha constante, indelcinable para alcanzar esa meta a que nos encara la Nueva Evangelización. Ojalá produzca los frutos cuyo logro impulsa el Santo Padre. El pueblo de Dios en marcha, en ese viaje ilusionado por el desierto de la incredulidad en pos de la proclamación de nuestra alianza y de la realización feliz de la caridad entre hermanos.

Vivamos este tiempo ilusionante con esperanza. Seremos capaces de vencer. Con la vista puesta en nuestros jóvenes, procurando ofrecerles la más atractiva visión de nuestra llamada, posibilitando que se comprometan con la apuesta de Cristo, que encuentren en él un guardabrisas para su desesperanza y un estímulo para su lucha en esta sociedad hostil que a tantos hace naufragar.

Es preciso que aprendan a encontrar a Cristo, que aprendan a reencontrarlo, a recobrar su confianza en Dios como medio de llenar sus soledades, como instrumento de su realización personal, profesional y religiosa. A fin de cuentas, no podemos olvidar las palabras el pensador suizo Petit-Senn, "los hijos se convertirán para los padres, según la educación que reciban, en una recompensa o en un castigo". Y ellos resultan imprescindibles para continuar transmitiendo la validez y actualidad de la doctrina de la Iglesia, la necesidad de acometer esa Nueva Evangelización. Nuestro futuro está en sus manos y, como escribía el periodista americano Hodding Carter: "Solamente dos legados duraderos podemos aspirar a dejar a nuestros hijos: uno, raíces; otro, alas".