Escraches
Confieso que siento una profunda admiración por los artistas argentinos, especialmente por sus músicos y poetas. Si en mi niñez me deleitaban los tangos de Carlos Gardel, aderezados por Federico Le Pera, hoy me fascinan Baglietto, Lito Vitale o Astor Piazzola; también sus escritores, Bioy Casares, Cortázar, Borges sobre todos y, cómo no, Enrique Santos Disépolo, aquel que escribió el tango Cambalache, que parece una premonición de nuestros días y al que alguna vez me he referido: "... los inmorales nos han igualao./ Si uno vive en la impostura, / y otro roba en su ambición, / da lo mismo que sea cura, / colchonero, rey de bastos, / caradura o polizón ...!". Lo cierto es que los argentinos me han parecido siempre creativos, apasionados, capaces de enmascarar sus desencantos con las más festivas formulaciones y también de adoptar disparatadas claudicaciones a la hora de transigir con los políticos que eligen y soportar sus irreflexivas decisiones. Dice un amigo bonaerense que, en su genialidad, son inventores de un término, boludo, imposible de definir pero insuperablemente expresivo; nadie sabe lo que significa, pero todo el mundo sabe lo que expresa.
Nos legan ahora una figura desconcertante, cuya etimología y significado verdadero no alcanzo a entender; escrache es término expresivo de la protesta, pacífica en principio, manifestada frente a las casas de determinados políticos que indultaron a militares a los que se creía causantes de desapariciones de miles de ciudadanos durante el detestable régimen militar, que tan devastador resultó en el pasado siglo. Y ocurrió como siempre ocurre por esos lares, que lo que comenzó con acciones casi festivas fueron girando, con la indolencia propia de su gente, hacia una serie de expresiones violentas de indeseable acoso y que, como tantas otras, se han instalado en España desde plataformas denominadas, de momento, "de afectados por las hipotecas".
Debe decirse que se presenta como razón de su protesta la hipoteca, entendida como un instrumento de barbarie sin discusión alguna, sin que sea permitido distinguir el normal desenvolvimiento de este derecho real de determinadas prácticas generalmente abusivas, ejercitadas por instituciones crediticias. Con independencia de esta consideración, es lo cierto que los escraches se han convertido en una excusa para que una pandilla inclasificable se sitúe a la puerta de un dirigente político a perturbar su paz, inquietar a su familia y crear un clima amenazante, exteriorizando sus desacuerdos lejos de cauces democráticamente aceptables. Una destacada personalidad calificó los hechos como propios de un régimen nazi y le cayeron miles de inmediatas críticas, cuando se estaba en realidad refiriendo simplemente a la similitud entre esas prácticas y algunos gestos del lunático nacionalsocialismo alemán. Es verdad, sin embargo, que las juventudes hitlerianas en sus comienzos -luego no tuvieron necesidad de tanta sutileza- estigmatizaban de esa forma los domicilios y establecimientos judíos en las ciudades alemanas, polacas y austriacas, sobre todo.
El escrache tiene un indudable componente de hostigamiento, de amenaza cercana, de inquietud provocada para lograr con las voces en la calle lo que debe procurarse por cauces determinados legalmente. No entro a valorar si, como parece, estos pocos manifestantes, amparados en el argumento de los desahucios, obran manipulados por organizaciones más o menos conocidas, pero son protagonistas de una actitud que orilla al menos lo delictivo y que, sorprendentemente, no siempre recibe inmediata respuesta del Estado. De cualquier forma, resulta injustificable esa moda que parece tener vocación de permanencia entre nosotros y a la que debe ponerse coto, pues en ningún caso, por pésima que fuera la gestión de los dirigentes políticos, puede atentarse contra la paz y el sosiego propio y del entorno familiar de nadie. Por cierto, la maniobra parece selectivamente ejercitada, pues no se exteriorizó durante mandatos pretéritos, que nada opusieron a esta situación.
La cuestión de las hipotecas y los desahucios parece en vías de relativa solución; Dios quiera que se resuelva con equilibrado criterio, ya que es problema de muchas aristas que demanda sosiego en su tratamiento. Mientras, no parece conveniente olvidar que las leyes, durante su vigencia, deben ser cumplidas por todos sin regates ni insumisiones estrafalarias.
Y como a veces pienso que Ramón J. Sénder tenía razón cuando en La aventura equinocial de Lope de Aguirre afirmaba que "lo que pasa es que en la vida está permitido todo y vuesas mercedes no se han enterado todavía", esta reflexión del escrache me ha llevado a exteriorizar mi deseo de manifestarme también de esa forma tan mejorable contra algunas realidades que debo soportar con dolor en esta España nuestra. Así ante el hecho de que los proetarras se sienten en los parlamentos, gobiernen nuestro destino y se nutran de nuestros impuestos. O ante quienes ultrajan nuestra bandera y nuestro himno nacional e insultan la Jefatura del Estado. O ante quienes chantajean al Gobierno de la Nación desde la perversa amenaza de la secesión. También ante quienes desde el ejercicio del poder se enriquecen, con desprecio a los ciudadanos necesitados de inmediata atención y hacen un uso malévolo de los fondos públicos para fines inconfesables. O ante quienes desde los observatorios al uso permiten el tráfico de seres humanos, la esclavitud de mujeres a la vista de todo el mundo y la explotación sexual de niños en las autopistas informáticas. O ante quienes insisten en politizar la Justicia y menoscabar la independencia de los jueces. O ante quienes no hacen uso de los mecanismos constitucionales para poner fin a esta sangría de comunidades y ayuntamientos, diputaciones y sindicatos, instituciones diversas y empresas públicas, mayoritariamente prescindibles, que los medios de comunicación nos relatan a diario.
Ante todo eso presento mi escrache. Lo malo es que soy respetuoso con las leyes, con las personas y con sus derechos y, por ello, incapaz de producir temor, inquietar a nadie o violentar la paz social. Así mi escarche de poco va a servir, me temo.
Antonio Moreno Andrade
Publicado en ABC de Sevilla el 28.4.2013