jueves, 18 de octubre de 2012

La violencia nuestra

Escribí este artículo no sé cuándo y se publicó en ABC de Sevilla sin que recuerde la fecha.

Parecen esperarnos cada día noticias que nos llenan de desazón y tristeza. Asistimos ahora sobrecogidos a la secuencia de la crónica alienante del crimen de una joven sevillana perpetrado, al parecer, por unos jóvenes depravados, cuya conducta nos espanta por su propia acción y sus potencialidades. Ante estas agresiones la sociedad queda estupefacta, sin respuestas, buscando inútilmente explicaciones que se nos niegan. ¿Qué está ocurriendo?

Permítaseme al respecto una reflexión personal sobre la raíz verdadera del problema, pues si cabe admitirse que el fenómeno de la violencia es tan antiguo como la propia existencia humana, debemos igualmente aceptar que nunca se ha manifestado como ahora, en estos tiempos pomposamente denominados de progreso, en el que acaso debamos encontrar también las razones de esta lacra social y de su espiral inacabable.

Hemos de preguntarnos, con carácter prioritario, si es el hombre un ser que nace poseedor de una larvada perversidad, capaz de desplegar sus efectos en cualquier momento de su vida o, por el contrario, debemos entender que nacemos hermanados por sentimientos de bondad, que el tránsito de la vida se encarga de potenciar o deteriorar, dependiendo de factores ajenos a la propia personalidad.

En el mundo de la Filosofía del Derecho, dos teorías se han contrapuesto al respecto históricamente, sin que aún los autores hayan podido resolver sus antinómicas conclusiones. El inglés Thomas Hobbes, autor del polémico "Leviatán", proclamaba en el siglo XVI el conocido aforismo "homo hominis lupus", el hombre es un lobo para el hombre, consecuencia de la inclinación general de la humanidad hacia un perpetuo e incesante afán de poder. Frente a esta teoría, el suizo Jean Jacques Rousseau opuso la del optimismo antropológico, publicando en 1762 "El contrato social", donde mantenía la capacidad de la voluntad soberana de los pueblos, capaces de llegar, mediante acuerdos conciliatorios, a marcarse normas convivenciales. La ley no es entonces una imposición sino consecuencia de la bondad y sociabilidad innatas en el hombre.

Sobre estas premisas ha transitado la vida de la humanidad desde sus comienzos. Nuestras lejanas enseñanzas nos sobrecogían con el primer crimen de su historia, aquel brutal asesinato fraternal de Caín a Abel. Progresivamente, hemos venido asistiendo, con mayor frecuencia cada vez, a acciones que nos han parecido imposibles en su maldad de anidar en el alma humana. Esta violencia se ha extendido como una hiedra por el mundo entero y sus manifestaciones se multiplican imparables en cantidad y perversidad.

Nos hemos encontrado súbitamente con que, contra todo deseo, la violencia se ha instalado en nuestra vida como el principal problema de nuestra convivencia, tradicionalmente azotada por dos agresiones ya añejas, la proveniente de los hábitos toxicómanos y el terrorismo. En el ámbito escolar, el problema, denominado "bullying" (del término inglés bull, matón) es auténticamente pavoroso y quienes imparten la enseñanza se ven despreciados, impunemente insultados cuando no agredidos por su alumnos y sus progenitores. Entre los propios compañeros se ha llegado a situaciones de violencia verdaderamente aberrantes, generadoras incluso de suicidios.

La mal llamada violencia de género ha motivado la publicación de una Ley Orgánica, de 20 de diciembre de 2004, que ha sido un instrumento sin duda inútil contra la violencia doméstica y familiar, que continúa incesante y creciente, cuando no motivo de su incremento por su tratamiento discriminatorio y sectario. El mundo del trabajo, la conducción de vehículos, cualquier manifestación deportiva o meramente convivencial, se nos presentan gravitadas constantemente por el riesgo de una violencia tan estúpida como cruel, injustificada, imprevisible, irrazonable e inmotivada siempre.

Pienso que la culpa es de todos y, esencialmente, consecuencia de una actitud social radicalmente relativista, la imposición de la aceptación del "todo da igual", que ha hecho tabla rasa con todo cuanto suene a escala de valores desde una idea equivocada del concepto de igualdad, que pretende la igualación desde abajo. La calamitosa política educativa, la proscripción sistemática de la verdadera educación, la apostasía del principio de autoridad y de las normas de convivencia nos han conducido a un clima de degradación colectiva, que por comodidad hemos aceptado y que nos ha llevado a vivir en la inseguridad, en la desconfianza y en el más absoluto desamor.

Es sin duda la incultura el obstáculo máximo de la libertad y ésta encuentra su razón en la articulación de una estable convivencia, basada en la hermosa regla que encontramos en el apartado primero del artículo 10 de la Constitución: "... el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social". Sin cultura resulta inconcebible un mundo de valores.

Se antoja impensable que hoy se acepten por las propias familias la necesidad y disciplina de la formación auténtica de los jóvenes, posibilitar a éstos un conocimiento sólido para optar en libertad entre caminos, para abordar la construcción de un proyecto de vida conforme al fortalecimiento del criterio personal. Los abandonamos indiferentes en el tumulto y la mezcolanza del grupo, sometidos a comportamientos miméticos, irreflexivos, sin exigencias, sin aspiraciones mínimamente nobles, olvidando aquella sabia reflexión del periodista americano Hodding Carter: "solo dos cosas podemos aspirar a dejar a nuestros hijos; una, raíces; otra, alas".

Personalmente estoy convencido de que el violento no se reprime por la amenaza de la ley. Eso resulta manifiesto en el plano de la violencia doméstica, en que cada vez se da más por mucho que se agraven las penas, y es lo cierto que los poderes públicos no pueden limitarse a establecer sanciones sino actuar consecuentemente en la certeza de que, como ante toda conducta agresiva, merece un análisis profundo de las causas y, desde ahí, actuar con políticas de prevención verdadera, de educación no partidarias. No puede olvidarse que todo delincuente actúa voluntariamente, sin un excesivo sentido de su culpabilidad y, en la mayoría de los casos, aceptando deliberadamente las consecuencias, cuando no imponiéndose a sí mismo de forma alienada el máximo castigo.

Falta, en suma, lo más esencial a mi juicio, una cuestión que requiere no poco tiempo y, sobre todo, una voluntad decidida: educar en valores. Y eso se me antoja complicado a medio plazo. La solución, si nos aprestamos todos, vendrá cuando tomemos conciencia del abismo en que hemos situado a la sociedad por la indiferencia ante las conductas agresivas de todo tipo y el imperio del nihilismo y el hedonismo como fundamento de la convivencia.

Como decía Gustave Le Bon, "el verdadero progreso democrático no consiste en rebajar la élite al nivel de la plebe, sino elevar la plebe a la élite".

Antonio Moreno Andrade

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