Justicia y Lenguas
Siendo Juez de El Puerto tuve ocasión de comprobar lo útil que resulta el conocimiento de algunos idiomas en ciertas zonas de nuestra geografía. Eran frecuentes entonces los juicios penales contra marineros americanos, la mayoría de escasa entidad y referidos a veloces conducciones por las inmediaciones de Rota sin consideración alguna a tasas de alcoholemia, generalmente discrepantes con las que la Guardia Civil de Tráfico entendía como adecuadas.
Los juicios se celebraban gracias a un intérprete, colaborador habitual del juzgado, que cobraba poco y tarde. Recuerdo que una vez, ante la indisposición de éste, un amable licenciado se prestó a ayudarnos en la comprensión de un juicio por la conducción inestable de un fornido marine. Era apasionado el intérprete y mediaba en el debate con indisimulada parcialidad, creando en el auditorio la impresión de que queríamos condenar al americano a toda costa. A cada respuesta que el acusado daba a los togados, el intérprete le interrumpía, dirigiéndose a mí desaforado: " Qué mentira más gorda, Señoría!". Echaba yo de menos a nuestro intérprete habitual que nos permitía un juicio sereno de los procesos y, sobre todo, me reprochaba no haber sido aplicado en el estudio de los idiomas que me hubiera ahorrado tan inquietantes dependencias.
Comprendo la preocupación de nuestras autoridades porque los funcionarios judiciales andaluces sepan idiomas, incluso dialectos y lenguas autonómicas, al menos de forma que puedan realizar con agilidad y eficacia algunas diligencias donde intervengan extranjeros o sea imposible entender a un nacional despistadillo.
Leo con curiosidad que en las oposiciones para funcionarios de Justicia de nuestra tierra andaluza se están planteando valorar el conocimiento del catalán, el euskera y el gallego. Leo también con sorpresa que un sindicato defiende la cuestión con entusiasmo, pretendiendo que el conocimiento de esas lenguas autonómicas se valoren "igual que el bengalí o el finés". Es natural. Raro es el juzgado español que no recibe a cada momento alguna diligencia de otro de Finlandia o en el que no se tenga que tomar declaración a algún turista de Bangla Desh o Calcuta, de los que tanto se nutre el turismo andaluz ... con lo lejos que está y el hambre que hay en Calcuta.
Claro que también se aclara en la noticia que se puntuará positivamente, por encima del que sepa simplemente tramitar bien un procedimiento, al examinando que sea licenciado, entre otras, en Ciencias de la Música, o técnico en Geodesia, y no acabo yo de entender muy bien qué utilidad puede tener en un Juzgado conocer los músicos del New Age o saber las dimensiones del globo terrestre.
Pero, en fin, supongo que más de un avispado, pretendiendo a adir unos puntillos de más a su calificación, hará el esfuerzo, compatible naturalmente con el aprendizaje de las leyes procedimentales espa olas, de empollarse algunas cosillas del dialecto indostánico, el vascuence, como se decía antes, o el suahili, que con esto de la inmigración africana nunca se sabe. Y ello nos lleva, de entrada, a la conclusión de la urgencia de la creación en nuestra comunidad de un cuerpo de examinadores de estas lenguas exóticas tan importantes, no sea que algunos listillos pretendan pasar sabiendo decir en pakistaní "mi tío es rico" o "mi padre tiene una escopeta", o escribiendo en catalán "quiero trabajar en mi tierra", que era una frase otrora muy utilizada allí por nuestra gente.
Yo me atrevería a proponer que se incentivara otras cuestiones quizá de menos monta, como el conocimiento de nuestra Constitución, de algunas directivas comunitarias o de los diversos códigos que aplicamos en los juzgados españoles. Porque estoy seguro que los gallegos o los vascos, y hasta los catalanes que necesiten acercarse a nuestros tribunales serán capaces sin demasiado esfuerzo de expresarse en castellano y así seguro que nos entenderemos todos mejor. A veces no resulta tan difícil. Recuerdo que tras la declaración de un detenido portugués, con el que parecía no haber manera de entendernos, concluimos decretando su libertad. Cuando abandonó el Juzgado de Guardia, el hombre no podía disimular su amabilidad: "Ea, Señores, queden ustedes con Dios".
Con el finés y el bengalí y todos las lenguas y dialectos caemos en el peligro que ya advertía Don José Cadalso en el siglo XVIII y que conviene recordar a los que diseñan los programas de las oposiciones que comentamos: "... no sea que con el imperfecto conocimiento de tantos idiomas olvidéis el de vuestro país". La verdad es que parece que nos empeñamos en complicar las cosas sencillas.
Antonio Moreno Andrade
Publicado en LA TOGA en octubre de 2006
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