viernes, 5 de octubre de 2012

Carta a un torero
Respetado maestro:
No pude evitar verlo en la tele. Como si tuviera usted que buscar votos, con la pala en la mano, echando tierra sobre un peque o ataúd que contenía no sé cuantos misterios y pretendía ser la primera piedra (la primera caja, más bien) de un nuevo estadio de fútbol.
Allí estaban, naturalmente, quienes tenían que estar y algún otro, de cuya foto no nos libramos ni un solo día los lectores de ABC. Y allí estaba usted, maestro, con un ventarrón inhumano, con lo poco que le ha gustado a usted siempre el viento...! Y para colmo, enterrando un trozo de un glorioso capote en una caja endeble y hasta echándole encima arena con una pala. Que, por cierto, echó usted más arena que nadie. Yo, al verlo, con esa cara tan elocuente y tan temible que usted pone siempre que molesta el viento, pensaba en los versos de Antonio Machado, esos que seguro a usted le dan tanta jindama ("Sobre la negra caja se rompían / los pesados terrones polvorientos...").
Lo que usted ha sido en el toreo no lo ha sido nadie. Ni lo será, es imposible. Nadie podrá nunca arrancar lágrimas de emoción como usted lo ha hecho. Nadie será capaz de torear con el capote con la infinita lentitud, la cadencia y la íntima melodía con que usted lo hace. Nadie ha tenido ni tendrá nunca la gracia única de su muleta leve y exquisita.
Usted, maestro, cuando ha toreado a gusto, cuando creaba la belleza exponiendo más que ningún torero ha expuesto, tenía como el mejor premio su propia satisfacción, vivir a solas la plenitud del arte, borracho de sentimiento, ajeno a que miles de personas se conmovieran hasta el paroxismo con los increíbles momentos que procurábamos retener a fuego en las retinas para seguir so ando, Paseo Colón abajo, por siempre.
Quienes hemos sentido su arte como una religión, quienes hemos peregrinado tantas veces a su Pe a en su pueblo como a un santuario, quienes le hemos seguido (ay, aquellos a os sesenta...!) hasta la mismísima Dirección General de Seguridad, quienes hasta conservamos la entrada y, lo que es más importante, la limpieza nítida e intangible del recuerdo, de aquella corrida de los siete toros de Urquijo, cuando tuvo usted que dar una vuelta al ruedo en pleno tercio de quites, hasta nos molesta que ahora haya tantos "curristas de AVE" y que continúen dándonos la murga esa legión de ignorantes, fatalmente incapaces de admirar el arte, que aún no se han dado cuenta de su distinción única.
Y nos molesta que usted, maestro, se deje agasajar tanto, que se deje utilizar tanto. Parte de la grandeza que ha hecho de usted historia del toreo y de Sevilla, ha estado en su propio carácter introvertido, en su timidez, en importarle poco la oreja o la vuelta al ruedo, en su capacidad para hibernar jugando al dominó, y en su decisión para emerger uno y otro a o, en su siempre juvenil y faraónica Resurrección.
 
 
Hace ya demasiados a os, cuando yo estudiaba en la Facultad, erámos muchos los estudiantes que todo el a o andábamos so ando con verlo aparecer por la calle Iris con su misterio a cuestas, tan dignamente lleno de miedo a la puerta de cuadrillas y con un interrogante siempre gravitando sobre ese paseíllo que ha sabido usted interpretar como nadie. Y en la Cuaresma, aguardábamos impacientes a que aparecieran Gonzalito o Antonio Torres, en aquella inolvidable pe a taurina de la calle Zaragoza, para oírlos extasiados una y otra vez sobre lo bien que había estado en el campo el torero, llenándonos de esperanzas y de esperas.
Usted no tiene derecho, admirado maestro, a estropear la faena a última hora, a rompernos el mito de su vida a quienes le hemos seguido tantos a os con inmarchitable veneración. Porque hasta el misterio de su vida privada, que tan bien ha sabido usted guardar, ha ayudado a difuminar los imprecisos contornos de su personalidad única, mítica e irrepetible.
Por eso, desde el inmenso respeto que le tengo, que ya habrá visto que ni me he atrevido a pronunciar su nombre, me permito pedirle que se reserve usted un poco, que a usted no se le ha perdido nada dándole una patada a un balón, aunque por ello le aplaudan. Que para saborear la admiración de Sevilla, para sentir el cari o de la gente, no tiene usted más que darse un paseo por la calle Sierpes, por allí donde se sentaba Belmonte en aquel santuario de Los Corales.
Qué pu etas hacía usted con la palita...? Créame que no hay derecho a que nadie entierre un trozo de ese capote excelso bajo tierra. Ese capote, respetado maestro, es patrimonio del arte universal o, lo que es igual, patrimonio del arte de Sevilla. Y el único sitio en que puede estar, si no es sus manos de artista, es en lo más alto de la Giralda. Al menos, mientras no nos devuelvan el Giraldillo ... que esa es otra.
 
Antonio Moreno Andrade
Publicado en A.B.C. el 20.5.98

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