He sentido siempre una sincera curiosidad y cercanía por el llamado "País de los cedros", una pequeña franja de tierra de apenas 10.000 kilómetros cuadrados, que alberga una población que no sobrepasa los cinco millones de personas, en su mayoría musulmanes. Me impresionó siempre su sufrida andadura histórica, su difícil estabilidad política y los constantes vaivenes económicos del que en un tiempo no muy lejano fue llamado con rigor "la Suiza de Oriente". Me ha interesado sumamente la historia reciente, desde esa mezcla de admiración y prevención que siempre he sentido por los pueblos orientales, de una nación siempre confrontada con sus vecinos, los altivos israelitas y los convulsos sirios.
Para la civilización cristiana, Líbano tiene una significación trascendental. Se asienta en Galilea, la tierra de Jesucristo, donde desplegó básicamente su predicación; allí se hallan ciudades como Tiro y Sidón, Caná, en la que tuvo lugar el milagro de las bodas o Cesarea, el lugar donde Pedro proclamó su fe, donde se produjo el primer anuncio de la Pasión a los discípulos y donde se sitúa la Transfiguración.
En esta tierra santa se ha sucedido hace sólo unas semanas la visita última de Benedicto XVI. He seguido el acontecimiento por la televisión. Todos los actos, tan perfectamente diseñados e hilvanados, han cobrado una indiscutible trascendencia para el mundo entero. La reunión abierta mantenida por el Papa con jóvenes musulmanes y cristianos, su declaración a la prensa libanesa, que ha destacado la valentía de quien ha desoído tantas advertencias sobre el peligro que podía acecharle, y la firma de la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Medio Oriente. En ella destaca la defensa de los derechos fundamentales - "directamente exigidos por la dignidad de toda persona humana"-, la necesidad de desechar el concepto de tolerancia y dar paso con valentía a una verdadera libertad religiosa, la proscripción de los movimientos fundamentalistas y laicistas y la urgencia de abandonar toda tentación de proselitismo.
Para mí, sin duda, fue la celebración ecuménica con que culminó el viaje, el domingo 16 de septiembre, el acto que más me impresionó. Tuvo lugar en la inmensa explanada del puerto de Beirut, ante cientos de miles de personas de diversos credos. La interpretación del coro resultó ciertamente sublime, sobrecogedora a veces, con episodios de una dulzura y sutileza que me recordaban esas canciones, tan cercanas a las baladas, de Maya Nasri o de Yasmine Hamdam, que parecen expresar todos los sentimientos de dolor, ternura y esperanza que ha experimentado el pueblo libanés a través de los siglos. La música se erigió en parte de la propia liturgia, en instrumento para el recogimiento y el sentimiento de mismidad de los asistentes, oyendo las lecturas sagradas y participando de todos los momentos de la Santa Misa.
Allí se unieron, al rededor de la Eucaristía, el patriarca maronita de Bkerké, al que habían tratado de asesinar semanas antes, y otros líderes religiosos, jefes de las comunidades musulmanas suní, chií, drusa y alauí, que dieron al mundo un supremo ejemplo de ecumenismo, de amor y de hermandad entre hombres distantes y de universalista esfuerzo sin fisuras por la paz. Ante ellos afirmó el Papa que "hoy, las diferencias culturales, sociales, religiosas, deben llevar a vivir un tipo nuevo de fraternidad, donde lo que une es justamente el común sentido de la grandeza de toda persona, y el don que representa para ella misma, para los otros y para la humanidad".
Quisiera sustraerme al rico e inacabable contenido religioso de este acto; valorarlo simplemente como el logro de un Jefe de Estado junto a los máximos dirigentes de pueblos políticamente regidos por sus fidelidades religiosas lejanas a su magisterio. Extraer tan sólo ese ejemplo que los líderes de las más distintas creencias han esparcido al mundo, proclamando que el entendimiento entre los hombres es posible; que el respeto y la igualdad son elementos capaces de superar discrepancias del signo que sean cuando se hallan ante una situación extrema que afecta a todos los segmentos de la convivencia.
Pienso en España, en su situación de incierto futuro, con tantas aristas y frentes abiertos; donde cada partido político sigue su camino interesado, sin mostrar un mínimo respeto ni reconocimiento al adversario, sin ni siquiera plantearse la conveniencia de un esfuerzo común; donde algunos gobiernos autonómicos siguen dando muestras de gestiones irresponsables; donde los sindicatos llamados mayoritarios parecen a veces no tener otra misión que comprometer constantemente la paz social con el estéril y peligroso bullicio callejero y donde no pocos insensatos se aferran al deseo o a la resignación de que terroristas gobiernen sus destinos. Me duele este país que alberga el afán incomprensible de la disparatada separación de una de sus regiones, mientras se debilita sin remisión cercana, bajo el imperio de la incultura, la mediocridad y la insolidaridad sin la más mínima concesión.
Precisamente un libanés, premio Príncipe de Asturias, Amin Maaluf, hacía esta terrible reflexión hace un par de años: "Siento que hay una regresión moral en todas partes. Avanzamos hacia un mundo de conflicto, de amargura, de discriminación, de guerra, de sufrimiento...". Es obligación ineludible de todos corregir con urgencia esta deriva tan evidente como perversa que asola al mundo entero y a nuestra patria.
Ojalá seamos capaces de superar estos abismos entre los hombres, de posibilitar el entendimiento entre todos; ojalá nuestros dirigentes -como todos nosotros- entiendan el ejemplo de universalismo y de unión que acaban de darnos en Beirut y lo apliquen a nuestro ecosistema patrio, regenerando la vida política y social, serenando diferencias y trabajando todos, de verdad por una vez, por el bien común.
Antonio Moreno Andrade
Magistrado
Publicado en ABC el 7 de octubre de 2012
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